OPERACIONES

El término BIOARTMI está compuesto por las palabras Biológico-Artificial-Mecánico-Inteligente, que hacen referencia a los estándares activos de la energía percibidos como parámetros evolutivos.

BIOARTMI tiene como misión el propiciar mejores condiciones de desarrollo a gran escala, por medio de investigaciones de orden mixto que propongan modelos aplicables al objeto de estudio.

domingo, 2 de marzo de 2014

Cero Filosófico por Emmanuel Ciaro 03-03-2014

Para decidirme a comenzar el presente texto tuve que dejar de lado cualquier tendencia de tipo personal como la ideológica, la preferencia cultural o la pretensión personal; aun así reconozco que estos 3 aspectos significan en sí mismos factores que se encuentran presentes en todo acto de pensamiento; los hago a un lado como una determinación de dejar suspendido el ego inmediato y procurar beneficios de mayor magnitud. La propuesta aquí contenida no pretende negar el conocimiento, ni la historia, ni las condiciones actuales, la intención es estructurar un procedimiento -conjunto de aplicaciones en la realidad- de reconfiguración, cuya primer etapa es la postulación de su planteamiento teórico.

Ìndice
Introducción
Reconocimiento de la Macroestructura
La semántica cosmológica
La percepción de poder
Reconfiguración de la figura de poder
El juego
Una conducta aparente
Programar la evolución humana
¿Cuáles son los aspectos en los que debemos avanzar, entonces?
¿Qué nos mantiene humanos?
El Cero filosófico
En qué consiste la Reconfiguración Macroestructural
Principios
Conclusiones
Comentarios sobre visiones Transhumanistas




Introducción
                En este trabajo la economía es comprendida como un recurso universal que distribuye los recursos activos en el cosmos. Como sistema humano, funciona mediante un entramado de complejidades que permite cubrir necesidades inmediatas -alimentación, vestido, infraestructura, etc.-, pero que integra un crecimiento automático de diversos motores que impulsan el funcionamiento de la civilización. La técnica es un aspecto inteligente –no en un modo racional sino secuencial- que ha crecido junto con nuestra especie, pero que no necesariamente depende de nuestras decisiones. En el fenómeno de producir la vida en las condiciones específicas de este planeta, existe la autonomía técnica –inteligencia secuencial− que no se valió de las consideraciones humanas para emerger. En ese mismo flujo de desarrollo natural existe un sistema económico que se verifica tanto en niveles astronómicos, como biológicos y finalmente comerciales. Pero antes de vislumbrar el poderoso rango de complejidad que proveen las relaciones de los sistemas organizados con el fin de comprender nuestra posición actual como especie, desarrollaré un ejercicio más o menos simplificado de nuestro modus operandi.
                El darwinismo vigente propone que sólo los organismos más aptos son los que sobrevivirán a las condiciones adversas del medio, sin embargo, el procedimiento técnico de adaptación muestra que la aptitud de las especies experimenta magnitudes de cambio que llegan a rebasar los factores de su constitución. Las especies prehistóricas muestran que no son los más fuertes y adaptados quienes prevalecerán a una magnitud –de cualquier clase− que rebase a las mejores cualidades sino que es posible que genere una brecha de readaptación a otras especies inferiores o, en casos específicos, a una clase de involución adaptativa o un efecto noetológico (proceso que no completa su evolución). Colocando al ser humano en el centro, el análisis será expuesto en su particular desarrollo biológico-económico.
                Tomemos un grupo pequeño de homo sapiens y comparemos gradualmente su desempeño perceptivo del mundo. Un grupo funcional se compone fundamentalmente de uno o varios líderes, quienes conforman la minoría organizadora, y los seguidores, que dependiendo de la constitución del grupo pueden ser en  número igual o mayor que el de los líderes. Los seguidores son los que ponen en práctica las instrucciones de quienes los guían y los que aprenden, dentro de sus capacidades, por la experiencia de los líderes. Lo importante en este cuadro es la constitución económica que se produce como un instrumento social primitivo. Los líderes tienen el privilegio de seleccionar las medidas que les faciliten un resultado que los haga sentir confortables, ya sea por la obtención de una ventaja sobre los demás o por lograr que alguna necesidad se vea cubierta por los otros. Dentro de las aptitudes que el líder debe ejercer está la del ejemplo y la de la autoridad, de esta manera los seguidores aprenden a hacer y a obedecer. En la naturaleza, este procedimiento es una consecuencia de la transferencia lógica de percepciones inteligentes para su adaptación, sin embargo las magnitudes de cambio proveen de otras muy distintas. Si por un suceso contingente el líder ya no sirve de guía o muere repentinamente, los seguidores deberán reorganizar el funcionamiento de su grupo.
                Puede parecer incuestionable que, debido a nuestra naturaleza, los parámetros organizacionales, principalmente económicos, de los que se vale nuestra especie para sustentarse continúen siendo los mismos desde el principio de nuestra historia; así, el hecho de que existan líderes que aprovechan el trabajo de sus seguidores como un recurso explotable, en donde el beneficio del producto parece un constituyente que determina la supervivencia de un organismo por su naturaleza inteligente, resulta ser conveniente al ser reconocidos en un modelo social que se mantiene vigente desde la prehistoria y justificado por la naturaleza misma, pero nuestra condición humana de origen ya no es congruente con este paradigma.
Las condiciones experimentadas por las culturas originarias y por las más recientes en el mundo, siguen padeciendo el epígrafe histórico “El hombre es el Lobo del hombre”, sostenido por Thomas Hobbes en el siglo 17. Ser el Hombre la entropía de sí mismo deriva en haber alcanzado un posible límite de su crecimiento como especie; aun cuando podría pensarse que en términos fisiológicos la humanidad atraviesa por una pubertad ontológica, nuestra especie no puede dejar atrás una categorización de lo racional infantil, sobre todo en esta etapa de la civilización en la que la técnica comienza a imponer una autonomía mejor definida. Precisamente, uno de los mejores ámbitos para describir las estructuras de estancamiento infantescente, que podría datar desde el mismo origen de la razón y la consciencia, es el poder, apoyado conjuntamente por la percepción de la economía como un sistema que designa el valor y la prioridad de los recursos.
                Lo más correcto sería identificar que la entropía es inherente a los sistemas y por lo tanto la especie humana derivaría en ser víctima de las condiciones que albergan su configuración; sería sólo una víctima al no considerarla responsable de las circunstancias que es capaz de propiciar. Cuando una acción de poder despliega consecuencias indeseables –principalmente por quienes las padecen−, la víctima sería la humanidad entera, sólo si asumimos que la entropía determina la conducta de la razón, justificación que no puede ser válida en la condición de nuestras estructuras, que experimentan un proceso de transformación activo desde hace siglos. El objetivo de este trabajo es comprender por qué no puede ser válido este razonamiento por más tiempo.
                El proceder humano permanece atrapado por un tope político-económico-social que delimita el desempeño de la percepción global de la realidad; igual que niños, pretendemos darle sentido a un conjunto de manifestaciones racionales para obtener anhelos primitivos −en sentido fisiológico− que proveen de estímulos apenas rigurosos. Tener una trayectoria académica-profesional-afectiva exitosa es un parámetro apenas riguroso en relación a la complejidad del conocimiento y de nuestro mundo, parámetros que deberían ser imprescindibles para cualquier entidad que se jacte de su inteligencia. En el caso de que aniquile, en lugar de incrementar, las posibilidades de su medio, no se puede comprobar que su función responda al parámetro de la inteligencia. La humanidad está comprometida en parámetros lógicos a equipararse a los sistemas, pero además, a reconocer el cambio de sus funciones en la realidad, no sólo la función de sus costumbres. Como fruto de su existencia, la tecnología podría representar a la nobleza humana, pero dejemos de lado las inconformidades que plantean los esquemas de desarrollo por el momento.
La técnica, implemento orbital de la configuración humana desde los orígenes −así como también lo es la naturaleza−, ha demostrado ser una entidad que impulsa, casi con una propia capacidad racional, a que la especie humana la descubra, con una vitalidad a la que no se debe temer, pero sí comprender. A muchos podría aun decepcionar la proporción evolutiva de la tecnología por la aparente distancia de las aplicaciones congruentes de los nuevos sistemas, tal vez porque no se apegan a ciertos diseños que quisieran apreciar ya en el mundo ordinario. Lo más destacable es que aun cuando la humanidad creadora devela una insistente antropomorfización corpórea y psicológica en un tipo de vida artificial, el panorama de la técnica se ha ido desprendiendo estructuralmente de la manipulación humana, además, su programación artificial y el avance cada vez más sintetizado del hardware le han abierto una ruta particular a su desarrollo. Para evitar una posición que merme las cualidades de la vida orgánica −no sólo natural sino orgánica a pesar de la misma naturaleza−, es imprescindible que la complejidad de los factores comience a interactuar con propósitos más rigurosos con capacidades de instrumentar en armonía y en condiciones de caotización.
El funcionamiento de las sociedades humanas ha determinado que el estándar de sobrevivencia depende de los actos de poder dispuestos por la figura que mejor manipule las condiciones de un sistema que ha sido forzado a operar en detrimento del ámbito humano: La economía.
En términos políticos, la economía es el bastión de las civilizaciones, porque los recursos de un territorio específico son los que le dan las posibilidades de conservar autonomía, fortificar una cultura, desarrollar su propia técnica y nuevos sistemas, pero lo más importante es que le da la posibilidad de crear alianzas y sobrevivir. Es una categoría universal mediante la cual se determina lo que existe, incluso lo que debe formar parte de un nuevo proceso. En circunstancias humanas, una figura de poder puede hacer uso de los recursos para generar la actividad económica de su territorio y con un buen resultado, esta actividad habrá generado un desarrollo para la mayor cantidad de estructuras y sistemas componentes del territorio, pero un mal uso de ese poder opera en detrimento de la sobrevivencia.
Más adelante se describirá detalladamente la propuesta sobre lo que una figura de poder aportaría bajo una reconfiguración de los distintos aspectos que la hacen funcionar. Por ahora lo importante es describir y analizar el escenario donde dicha figura se puede desenvolver.
Cualquier persona está de acuerdo en que el conocimiento bien fundamentado de la historia permite tomar las mejores decisiones, sin que se trate de un contexto específico. Pero tomemos una licencia que no es inusual y que corresponde a la dialéctica de una transformación consistente con los hechos, pero que nunca se repite: No saberlo todo es una condición real que le permite a un individuo reconocer un cierto límite de acción auténtica sin sentirse afectado por consecuencias que otros le atribuyan. Lo más recomendable sin discusión alguna es estar profundamente informado de todo lo que a uno le competa, pero se producen las variables por el carácter de una omisión auténtica o intencional en un escenario en el que el despliegue de información es insuficiente. Este es un caso que se manifiesta constantemente porque los distintos comportamientos de un lenguaje incluyen la posibilidad de una fuga de información de manera voluntaria o involuntaria; incluso los procesos neurofisiológicos son proclives a establecer las sinapsis requeridas o no hacerlo dependiendo de ciertos factores.
El argumento anterior sirve para introducir uno de los principios que conforman este proyecto teórico: El Principio de Imprecisión. A lo largo de la historia, el pensamiento humano ha inculcado la idiosincrasia de la perfección como un atributo ideal para alcanzar en una trayectoria dada −trátese de individuos o de culturas−, sin embargo, a la par de “el ideal”, se encuentra la justificación aplicada a una contingencia de mayor o menor escala en el razonamiento Errar es humano. Nuestra razón construye estrategias de esta índole para los casos en los que lo resultante no corresponde a la predicción de lo que es ideal. Básicamente, si trasladamos esto a un ámbito de producción, en donde la cadena de procedimientos se cierra en un sistema que debe ser congruente y en donde la economía particular de cada proceso y cada región se va reconfigurando, la perfección no conseguida genera fugas de energía en distintas versiones que conservan un pulso particular que puede cesar de súbito o generar consecuencias aleatorias. Este aspecto es importante en el Principio de Imprecisión: Se experimenta el fracaso de una expectativa como si el resultado esperado fuera una ley universal que no se cumple y que observamos con una gran frustración. Si esto lo comprendemos desde un ámbito político, económico, de justicia social o de seguridad científica, se intuye que los resultados pueden ser catastróficos; pero nuestra percepción es capaz de prever, medir e incluso conducir los acontecimientos a un resultado satisfactorio.
En la actualidad, el problema es que la expectativa, si no de perfección, pero sí cuyo resultado deseado es innegociable, reproduce una conducta restringida que no es capaz de percibir las posibilidades a su alrededor. Al elevar las condiciones de imprecisión a la modalidad de principio se consigue identificar múltiples aspectos que condicionan al efecto resultante de cualquier iniciativa humana. El Principio de imprecisión es el siguiente: Cada constituyente de la realidad es contingente y perfectible, aplicar la imprecisión como un agente de conocimiento nos acerca a la perfección. Este enunciado explica que la certidumbre sobre una condición concreta disminuye la probabilidad de usar una fuerza excedente de manera racional. Nuestra especie se encuentra en proceso de experimentar un cambio de paradigma en donde las consecuencias resultantes de una conducta anómala no serían percibidas como dañinas sino que se atribuirían a un aspecto sobre el que debe operar una reconfiguración, no se le forzaría a encuadrar en un molde que no le correspondiera.

Reconocimiento de la Macroestructura
Antes de hacer el siguiente planteamiento, reitero que la intención no es destituir las estructuras universales humanas, hacerlo no correspondería al propósito de reforzar a nuestra especie. La educación y la familia, por ejemplo, son configuraciones de funcionamiento y estímulo por medio de las cuales es posible crear vínculos perceptivos. Irónicamente esta clase de configuraciones instituidas en las culturas son las primeras en padecer los estragos de un contradictorio ideal de perfección. El siguiente análisis despeja las ventajas de no reproducir el funcionamiento de mecanismos que han obstruido el desarrollo de procesos superiores de desempeño.
Comencemos por introducir tres conceptos que serán mencionados. 1.-Preestructura: Estado existente antes de iniciar un proceso; 2.-Estructura: Estado desde el cuál un proceso puede obtener un punto inicial y de desarrollo; 3.-Macroestructura: magnitud que determina las condiciones de desarrollo de dicho proceso, integrada por cualquier clase de concentración de poder.
En un contexto humano –aunque funciona en modelos de universo o de evolución o de creación− una preestructura es el espacio, el momento y las condiciones vitales antes de que exista una configuración. Un nacimiento, el punto de cambio de una trayectoria de vida o un conflicto corporativo que llegará a desembocar en una guerra, cuenta con un estado precedente del exterior y, en muchos sentidos, ajeno a las circunstancias del proceso. Cuando el proceso inicia su desarrollo independiente, el cuerpo contenedor y lo que existe a su alrededor es su estructura particular.
El punto en el que un proceso comienza a ejercer influencia en su entorno produce un pulso de interacción permanente con la macroestructura y dependiendo de la consistencia del proceso inicial, su pulso será afectado y durará una cierta cantidad de tiempo.
Para tener una referencia de las múltiples interacciones que existen, describiré otro ejemplo. Los recursos en bruto y dispuestos aún en la naturaleza son las preestructuras de un edificio que será construido. Cuando los recursos están convertidos en los materiales que conforman las distintas estructuras del edificio, los sistemas comienzan a ligar al edificio construido con distintos propósitos. Los seres humanos son los usuarios del edificio que le es útil a la macroestructura; si otra clase de procesos lo dispone −decisión que puede tomarse en el interior de alguno de sus pisos−, el edificio será demolido. (Podría valerme de un dejo moralista para intentar manipular al lector, pero ese no es el caso.) Derrumbar el edificio también es un proceso y tomar en cuenta lo que sucederá con los materiales disponibles después de haberlo demolido es importante; saber, implica no inutilizar aquello que alguna vez conformó parte de una estructura. Como se mencionó anteriormente, el pulso de un proceso tiene una cualidad de permanencia con relación a todo lo existente.
Un Humano inicia su pulso al nacer, cuando su condición estructural no está restringida y todos sus sentidos lo conectan con los propósitos de un entorno. Describiré una trayectoria de éxito que lo lleva a ser un elemento autosuficiente y funcional de la macroestructura.
Al nacer, los sentidos del personaje funcionan correctamente; el ámbito familiar, sin ser completamente privilegiado le proporciona los factores que lo forman como una persona capaz que a muy temprana edad podrá experimentar las implicaciones de ser un individuo independiente. A estas alturas, nuestro personaje habrá puesto a prueba sus emociones y sentimientos, comprobado sus capacidades, elegido sus componentes inmediatos, su estilo, su interés particular del mundo, las personas con las que lo compartirá, etcétera. Al convertirse en una persona independiente su pulso particular se mantiene activo e inicia un proceso que comienza a imponerle retos y a seducirlo con ciertos estímulos y resultados. La macroestructura está operando en pleno y seguramente no se vale de ningún engaño, porque las preestructuras propiciaron lo que hace funcionar este modelo hipotético. El personaje de éxito ha llegado a la cumbre de sus expectativas sin importar a qué edad se considera realizado y lo que haya tenido que hacer, finalmente ha alcanzado un ámbito que le otorga el poder de decidir sobre lo demás. No ha sido fácil; no importa cuáles han sido sus recursos particulares, lo trascendente es que logró lo que todos tienen probabilidad de alcanzar; ahora ya forma parte de la macroestructura y la gente a su alrededor le sirve de una u otra manera, como él le sirve a otros también. Cuando nuestro personaje muera, habrá instrumentado el buen funcionamiento de lo que le correspondía, dejará bienes, habrá realizado aportaciones y su energía conformará otros procesos. En lo que atañe al individuo, este es el final de su pulso particular, terminado con éxito, sin nada que hubiera perturbado la conclusión de sus propósitos y dejando una huella en la gente que se relacionó con él. Fin.
¿Existe algo anómalo en esta película? Que se tome en cuenta la categoría de anómalo y la exclusión del adjetivo malo. El juicio en este escenario no es moral, es funcional, por lo tanto no se trata de elegir una categorización de conveniencia. Para comprender esta forma de percibir las circunstancias, lo más recomendable es partir de un punto de vista convergente. Todos, desde la gente más pobre, hasta la más privilegiada podría opinar que la trayectoria descrita es una de las más anheladas y que cualquiera pretende alcanzar, sin embargo, sabemos que no es la única. Aún los más pobres y los más ricos son contingentes y perfectibles en la realidad. El personaje descrito anteriormente experimenta muchas de las condiciones que todos los seres humanos conocemos de alguna manera. Es ideal porque el escenario descrito presupone las ambiciones de cualquier individuo, pero en este cuadro no se detallan las vivencias personales positivas y negativas del personaje, tampoco se pueden mencionar las variables positivas y negativas de todas las personas que interactuaron con él. Alguien podría opinar que el ejercicio demuestra que cada quien elige lo que le sucede en la vida, pero el panorama es más complejo que dicha opinión.
La macroestructura es un conjunto de sistemas que posibilita el pulso que le es afín y eso es algo muy congruente, individuos exitosos generan pulsos de alto o bajo rango de influencia que destacan de entre los menos afines a las condiciones que mantienen vigente su configuración. El escenario de nuestro personaje se le puede aplicar a personas pobres o ricas, ignorantes o inteligentes y en múltiples combinaciones. Lo anómalo en este ejercicio es que la configuración vigente de la macroestructura vela la capacidad de identificar posibilidades complejas y mantiene activos pulsos inertes que desconectan la interacción entre sistemas. De esta manera, la gente exitosa que se pliega a los estándares de la configuración vigente puede vivir en un lujo fastuoso y otra en la sórdida miseria y en muchos sentidos unos experimentan en la piel de los otros pensando que su parecido es inconcebible, pero al ser resultado de la misma configuración anómala en la macroestructura, todos los seres humanos son aptos para representarse unos a otros.
Al comprender que un estatus económico no arroja un resultado ideal, se identifica que hay aspectos que deben ser reconfigurados. El conocimiento aplicado como potenciador y no como sustento de corrupción es la mayor ventaja de que la macroestructura ascienda su magnitud. Es cierto, no todos somos iguales, unos viven mejor con más, otros con menos; ¿y qué es más?, ¿confort o conocimiento? ¿Qué es menos?, ¿comida o cultura?
Para condimentar un poco, involucremos el conflicto; hasta ahora todo podría parecer viable, razonable “el ideal” de acercarnos a una solución, pero el siguiente concepto derrumbará la expectativa: Dinero. En las preguntas anteriores, si el lector ha tenido acceso a cierto confort, conocimiento, comida y cultura, podría haber pensado que ninguna de esas necesidades es más que las otras, posiblemente las ordene conforme a sus prioridades personales, pero no para menospreciarlas. Cuando estos cuatro ejemplos se introducen a un mercado en el que conforman el concepto que los individuos consumirán, sólo en el caso de que se apeguen a un sistema afín a la elaboración abstracta del “orden” económico, una experiencia de vida que apreciara la magnificencia y la compleja sencillez de la vida, adquiere una configuración que emplea fuerza excedente en actividades de una repercusión ocasionalmente nula por su inocuidad o muy dañina, como resulta en el mayor de los casos.
El propósito no es generar un discurso en contra del dinero sino adquirir una perspectiva distinta de abordar las circunstancias actuales por medio de una reconfiguración paradigmática de las estructuras humanas por medio del conocimiento aplicado con fines superiores −para enfatizar−, a los que lo tienen restringido los usos contemporáneos que malinterpretan diversos sistemas como el de economía.

La semántica cosmológica
Uno de los aspectos más inquietantes de la realidad es que el universo existe a pesar de ser percibido o no, y si la única especie de la que estamos seguros que lo percibe –no se niega que haya otras posibilidades de vida, pero no es necesario ocuparnos de eso por el momento− fracasa en su trayectoria, sería una gran pérdida. Se puede pensar que no somos lo único que se manifiesta en el cosmos, pero ya estamos en él y la posibilidad de que la percepción, la consciencia y la razón no fueran capaces de evitar un potencial piece of cake, bueno, sería una total magnitud de tiempo perdido que pudo haber sido utilizada para merecer la permanencia en unos Juegos Olímpicos Universales que no corresponden al código del triunfador sino al paradigma de capacidad, en donde nuestra participación fuera una confirmación del conocimiento mismo.
La economía es un fenómeno cosmológico, no un sistema elaborado por la razón; la macroestructura de la economía como sistema no se queda en la civilización humana, tiene una función que corresponde a una magnitud superior de estructuración y al no hacer uso efectivo de sus posibilidades, la humanidad muestra no ser capaz de generar que sus integrantes la sustenten. Cuando una persona levanta los hombros ante un razonamiento de esta índole, comprueba que la configuración vigente del mundo no es la correcta.
Para el presente trabajo introductorio se incluye el comentario sobre la semántica del universo como recurso de contextualización de las vertientes que van quedando fuera de nuestra percepción como parte de lo integral en los procedimientos humanos. Existe una forma teórica de explicar la consistencia del cosmos, que de manera un tanto paralela a campos del conocimiento más riguroso como la Teoría de la Relatividad o la Mecánica cuántica, recurren a un marco teórico de una categoría independiente. Sin exponer todo lo que implica, sólo mencionaré que la Teoría de los campos Mórficos del profesor Rupert Sheldrake podría tener cierta relevancia por el simple hecho de que abre la posibilidad de que la energía funcione como paquetes de información. En la presente propuesta se recurre a este modelo para comprender el cosmos como un conjunto de sistemas que estructuran la energía de manera que derivan en entropía, determinismo o sistemas estacionales preestructurados por un principio de incertidumbre, en los que se propone la posibilidad de que la energía manifieste la cualidad de un campo morfogenético para generar las distintas configuraciones en el cosmos. En este sentido, y sin intento de procurarle un sustento a la teoría del profesor Sheldrake, los procesos de estructuración del universo y su fenomenología corresponden a aspectos de un lenguaje no verbal que genera configuraciones concretas para la conformación de un fenómeno cosmológico, cuántico u orgánico que se repite en magnitudes de distancia, tamaño, potencia, etcétera; es decir que cuenta con una semántica propia.
Incluir la perspectiva de una semántica cosmológica, y sometiéndola a un riguroso procedimiento de comprobación, permitiría que nuestras estrategias de comprensión de la naturaleza desarrollaran un canal de comunicación y exploración más potenciado, como ha sucedido con la genética, en donde la identificación de cuatro moléculas abrió la posibilidad de comprender un cierto lenguaje que define lo que diferencia a una especie de otra.
Reconfigurar la macroestructura tiene como resultado que el conocimiento sea aplicado para agilizar los procesos que son congruentes para nuestro potencial perceptivo y no para generar pulsos aleatorios que responden a un procedimiento disfuncional. Un ejemplo de aplicación anómala en la configuración vigente de la macroestructura es la economía.

La percepción de poder
La exposición del concepto de poder en este trabajo es desde la innegable injerencia que tiene esta cualidad humana sobre el asentamiento de una civilización y su permanencia. Si el propósito fuera el desglosar su funcionamiento e intentar responder a cuestionamientos de qué-cómo-para qué, el resultado sería un tratado de cómo sobrellevar una situación irracional que finalmente anulará el valor de tiempo individual de aquél que intente comprenderlo. Sería irracional porque las motivaciones del poder en sí mismas no se deben a propósitos de una naturaleza malvada; el poder no opera por una inclinación moral, simplemente utiliza los medios y si los medios no existen los crea: eso es el poder. Una de sus facetas es la de utilizar estratagemas efectivas de hacerse de esos medios como el crimen, la intimidación, la manipulación y muchas otras que cualquier persona puede identificar, pero su naturaleza no puede ser juzgada desde un parámetro moral; este es un aspecto que quien ejerce y quien padece el influjo del poder debe comprender para disminuir el grado de dispersión al interpretarlo y adquirir la capacidad de focalizar mejor su naturaleza. En circunstancias decisivas, su ejercicio puede parecer fuera de proporción y por esta condición el poder pareciera ser una entidad indeseable contra la que hay que arremeter hasta desaparecerla, pero si un funcionario que ejerció algún tipo de daño social deja de ser público, comprobaremos que la sustancia del poder permanece. Para comprender esto habrá que pensar en cuántas veces nuestra propia persona ha coaccionado a otra o forzado las condiciones de una circunstancia para colocarlas de una manera que le sea conveniente. La más mínima acción de poder, aun cuando sea en beneficio de otro, nos muestra la naturaleza de esta cualidad perceptiva. Cuando escuchamos el calificativo “Los poderosos”, remitimos esta cualidad a una construcción funesta contra la que se debe argumentar y de ser necesario combatir en defensa de un ideal y se puede pensar “…si pudiera, haría”. Si se pudiera estar en el lugar del poderoso, se estaría. O más preciso: “Cuando pueda, haré”.
No es cuestión de justificar circunstancias que definitivamente son anómalas. El problema es que las codificaciones de ciertos fenómenos que se manifiestan no adquieren relevancia en su fondo más complejo, ni siquiera los que manejan amplias magnitudes de poder la perciben. Quien genera algo fuera de proporción juzga desde lo moral su propia acción, cuando no es una cuestión moral. El poder es una de las manifestaciones que tienen mayor efecto en los sucesos interpretables, incluso en la naturaleza salvaje y en los casos en los que la proporción excede lo mesurable, como un poder extrasensorial o metafísico.
La naturaleza del poder no es una cuestión científica en un sentido formal. Se conforma de aspectos que la ciencia es capaz de comprobar, pero no es un objeto de ciencia. Lo más cercano a la representación del poder como corporeidad es la concentración de energía en una batería o un sistema que genera un flujo energético, como una fuente de poder o una celda solar, pero una vez más se trata de una condición transitoria. Cuando alguien asevera que la consciencia tiene el poder de hacer cualquier cosa o que el poder está en la mente, sin saberlo, se refiere al hecho de que se pueden configurar las condiciones para obtener un resultado. El poder de volar –sin vehículo alguno−, de atravesar paredes o de ser superinteligente remite, ya contando con la exposición anterior, a la posibilidad de que el conocimiento propicie las condiciones para lograrlo, no la condición en sí misma. En el caso de que se observara a alguien volando en el cielo sin haber experimentado proceso alguno, indicaría que ciertos factores se están modificando y que es posible reproducirlos; una vez más, el conocimiento sería el receptáculo y el proveedor.
El poder es la capacidad de utilizar la información, concentrar la energía, emplear estrategias de inteligencia y focalizar el propósito de su uso. La ciencia del poder no existe en sí misma, su sustancia es intangible, los parámetros para medirlo son subjetivos y a pesar de todo esto su efecto puede ser devastador. Cuando se habla del poder de una bomba, no se está hablando del poder en sí, se está proporcionando la equivalencia de distintas magnitudes como la clase de compuesto activo, la cantidad, el efecto de daño y destrucción que causará, pero ninguno de estos factores es el poder particularmente sino la conjunción de estos factores. Si agregamos que la decisión es tomada por una persona el poder se pensaría que lo ejerce dicha persona, pero si tomamos en cuenta que no fue ésta quien construyó la bomba, entonces se piensa que el poder está en quien la financió, pero quien explique el o los motivos por los que tuvo que ponerse en función, entonces la cuestión de poder como sustancia se torna difusa y se recomienza la identificación de su rostro, pero no lo tiene.
La riqueza tampoco es poder, puede configurar múltiples escenarios de representación y aplicarlos efectivamente, incluso, en la miseria, sin embargo estos dos extremos son contingentes e intercambian condiciones de poder que son equivalentes.
Se ha desarrollado esta exposición con el objeto de crear un panorama de cómo se percibe el poder en este trabajo. ¿Cuál es la sustancia del poder? La conjugación de los factores activos e integrados a sistemas que están compuestos por partes. ¿Podemos disminuir su influencia en la realidad? No. No es que sea imposible, pero su configuráramos las condiciones para anularlo, todo quedaría estático.

Reconfiguración de la figura de poder
La figura de poder es una de las representaciones mejor identificada porque nos remite a una imagen. Al mencionar batería, celda solar, jefa, presidente contamos con una representación de reducidas variables genéricas. En su función humana, se trata de una aspiración que la mayoría pretende alcanzar porque desde pequeños se nos inculca a ejercerla como un método que solidificará cualidades y características particulares a cada individuo. En términos sociales esta técnica es sumamente disfuncional; la figura de poder se impone como una fuerza que, de no lograr aplicarla, revertirá su fuerza constantemente hacia la persona que no supo controlarla. Puede sonar lógico que los seres deban asumir su figura de poder, sin embargo existe otra forma de relacionarse con ella.
Una persona puede asumir el grado en que su poder será ejercido; puede hacerlo de una manera muy torpe y convertirse en un “abusivo”, por lo que durante su trayectoria de vida ascenderá utilizando las estrategias que el abuso sobre los demás le vaya estructurando. El mismo “abusivo” podría no ser tan fuerte de carácter o físicamente y crecer con una gran frustración o, incluso, lograr hacer modificaciones importantes para transformar su procedimiento. Esta es una de múltiples variables en las que se puede desenvolver el poder que nos es inculcado como método de aprendizaje. Al relacionarnos con la figura de poder identificamos que hay magnitudes diversas en las que se ejerce, comenzando la que se aplica desde el exterior hacia nuestra persona. Algunos tipos de renuncia al uso del poder muestran que es posible disminuir su influjo mediante un bajo pulso de la voluntad, pero para lograrlo es necesario hacer uso del poder mismo mediante el sacrificio, una decisión bastante poderosa en ciertas circunstancias. Es una paradoja absurda vivir negando la vida, aun cuando esa elección se tome por algún tipo de causa humanista.
La manera propuesta para relacionarse con la figura de poder es reconociendo los alcances correspondientes de una figura de poder con respecto a otra. Esta perspectiva trasciende el ideal de justicia, pues la “justicia” se apega a un contexto de tecnisismos que no corresponden al poder mismo sino a una correlación entre aspectos de diferente naturaleza; es decir, el poder entra en la tensión ejercida para colocar los aspectos de una circunstancia dada con el fin de restarle importancia y adjuntarla a la estadística acumulada de datos e información esteril; la aplicación de justicia refleja una obtusa aplicación de su contenido. Ser justo es cuadrarse a un parámetro restringido de apreciación. La correlación de una magnitud de poder con respecto a otra es lo más aconsejable, porque no está reducida por lineamientos de sujeción, en este sentido, lo legal se percibe como otro aspecto que es importante reconfigurar como concepto.
El abuso de poder es un fenómeno que se puede percibir como natural. Cuando un individuo comete un crimen, lo puede hacer por necesidad, pero también por una clase de costumbre instintiva; el abuso de poder es una de las posibilidades que además de ser nociva, es constante. El instrumento legal, para este caso, funciona como una herramienta dialéctica, flexible y poco efectiva en su percepción común, que es capaz de tergiversar, por su sistematización, la condición de las partes involucradas; su reconfiguración derivaría del resultado de haberlo realizado para la figura de poder. Un método jurídico reconfigurado es una tarea que supone una gran complejidad, pues tendría que basarse en la relación calibrada de las costumbres por región interescalar a nivel internacional. Los sistemas legales actuales solapan que una persona violente a otra sin recibir castigo y que alguien vaya a la cárcel por intentar cubrir alguna necesidad básica, esta es la clase de fenómenos que podrían ser reducidos.
Al reconfigurar la figura de poder se corrige una noción disfuncional en distintos aspectos de manera casi simultánea, pues los mecanismos de desarrollo −directamente vinculados con ésta−, accederían a una visión política menos alterada –distorsionada− y con una labor de saneamiento interpersonal profundo. No se trata de una búsqueda del bien y la eliminación del mal, ese no puede ser el propósito de un procedimiento como este. Es muy importante recalcar que la complejidad de los sistemas incluyen el funcionamiento mismo de la especie humana, por lo tanto, aspirar a las buenas costumbres demuestra una percepción estéril del acto de vivir, como una regresión a los modos antiguos que reducen –reducen, porque aún son vigentes− un fenómeno para obtener una respuesta de carácter inmediato. El avance en la percepción del mundo debe pasar de ser un aspecto de reduccionismo comercial, a una magnitud enriquecida por la experiencia de habitarlo –como se explicará más adelante.

Los líderes del mundo –desde jefes de grupos pequeños, hasta gobernantes y empresarios− experimentan la alienación del miedo a perder y explotan al máximo la sensación de ganar. Dentro de esta dinámica lo sensible deriva en insensible, esto genera una especie de sobreestímulo por un tipo de adicción, pero precisamente al no ser particularmente bioquímica, se define como alienación, porque infiere directamente en el comportamiento. Por otro lado los gobernados tienen una idea residual de poder, porque si bien cuentan con determinación y autonomía, el procedimiento elegido para ejercer sus derechos se vale de estrategias emergentes, limítrofes y en muchos casos desesperadas. Podría pensarse que “una burocracia” se interpone entre gobernado y gobernante, pero se vislumbra mejor la causa si se atribuye a la voluntad de obstruir. Las herramientas para la estructuración de estas relaciones no han correspondido a la renovación de su conceptualización; se sigue acudiendo a términos anacrónicos como “democracia” y, por tanto, la percepción de la realidad no concuerda con las magnitudes de poder vigentes. Coartar la libertad individual por un término legal o exigir el respeto de los derechos mediante la protesta son conductas que están fuera de una congruencia funcional por lo que los procedimientos de la dinámica humana permanecen obstruidos. −Las iniciativas de generar políticas de concientización para ser amables con el ambiente, parecen derivar de una vacuidad absoluta de sentido. Que los operativos para implementar la justicia sean los que instrumentan el desorden público, es una muestra de que prevalece el funcionamiento de lo disfuncional−. Indudablemente la especie humana ha evolucionado, pero en sentido estricto es la técnica lo que transforma, más no el pensamiento. Como se mencionó anteriormente, la técnica es un sistema que ha acompañado al hombre –posiblemente a otras especies− desde su origen y lo ha inducido a desarrollarrla. Esto indica que la dinámica intrínseca de la energía y el cosmos es la que, a pesar de los procesos anómalos (como la condición humana) y las diversas variaciones entrópicas, posibilitan el surgimiento de nuevos sistemas. A la pregunta “¿El poder es más importante que otros problemas?”, la respuesta es: En lo que compete a la Especie Humana, Sí. Focault comenta en El sujeto y el poder “…parecen sospechar la presencia de una especie de fatalismo. ¿Pero acaso su propia desconfianza no sería un indicio del presupuesto de que el poder es algo que existe con tres cualidades distintas: su origen, su naturaleza básica y sus manifestaciones?” El poder, pero sobre todo, la figura de poder, es una condición sobre la que no debemos exacerbar un mal desempeño.

El juego
Trascender el carácter anómalo que desempeña nuestra especie, abre la posibilidad de concebir la presencia humana como una entidad con el poder de permanecer a voluntad propia y generando sus propios medios, en lugar de conformar a una fenomenología transitoria en el universo. Al contar con la capacidad de la percepción, con un nivel elevado de consciencia y un razonamiento estabilizante, gozamos de un gran privilegio para prevalecer como forma de vida en el sistema solar; pero lo más trascendente es el compromiso que adquirimos con ello. El pensamiento dependió fundamentalmente de la experiencia biológica para ganar el terreno en que su estructura consciente-racional lo haya podido afianzar, de manera que su función sería la de articular un epicentro entre los estímulos recibidos en el medio y la reflexión práctica revertida hacia el exterior. Este es precisamente el mecanismo que nos compromete a transformar los procedimientos y elevar el desempeño de nuestras capacidades. La técnica puede o no autonomizarse, una era de exploración espacial puede o no ocurrir, lo importante es la posibilidad de identificar lo anómalo en nosotros y reconfigurarlo para fluir conjuntamente con otras singularidades.
¿Entonces qué implica reconfigurar la figura de poder? Hasta ahora la ambición general es ascender en la escala de la macroestructura, esto implica: Ganar dinero –mucho−, evitar que otro nos desplace a un nivel inferior y al llegar al punto en el que nos sentimos cómodos, evitar que el mundo real disturbe el premio de la felicidad. Al lograr que la figura de poder  sea útil desde la más temprana activación −y esto quiere decir que la conducta y las costumbres sustenten la práctica del conocimiento en cada institución humana−, las fugas de energía se reducen por una concepción más rigurosa de nuestros propósitos como especie –más rigurosa porque los proyectos humanos desencadenarían posibilidades concretas, no un desorden progresivo como hasta ahora−; los objetivos planificados por nuestra especie deben amplificar las cualidades con las que ya contamos.
¿Cómo será vivir cuando, en lugar de imaginar sistemas preventivos de defensa, los recursos se utilicen para implementar estrategias que concatenen distintos aspectos simultáneos? La Reconfiguración Macroestructural tiene como premisa, la implementación de Estrategias Interfactoriales de Respuesta para marcar el nuevo Paradigma Humano. Por ejemplo: Con el fin de disuadir un posible ataque enemigo −la estrategia anómala−, se desarrolla armamento más agresivo que el que posee el oponente, en lugar de preparar con antelación reconfiguraciones que tomen en cuenta las condiciones bilaterales de un conflicto dado –percibido como innecesario, no simulando una solución con fines comerciales−, tiempos de implementación, tareas flexibles de articulación sistémica y la disminución de costos por operación mediante el balance productivo de una economía no especulativa. Podría pensarse que así funciona, pero evidentemente no. La sistematización del juego en la mente humana hasta hoy, impide que condiciones innegablemente anómalas sean una premisa para reacomodar su entorno y hacerlo funcional. Esto es importante: asentamientos humanos muy bien identificados requieren que su entorno se readapte a éstos. Por ejemplo: Comunidades originarias requieren que sea el entorno lo que se adapte a estas, conservando el ritmo de la civilización, pero logrando que le sea útil. De igual manera, ancianos e inválidos necesitan que la macroestructura les sea útil; en lugar de crear políticas públicas para la interacción de los dialectos, se resolvería directamente con la tecnología –no creando “políticas públicas” que promuevan una moralidad flotante−, visualizando de manera simultánea la viabilidad de su mercado −para impedir el abuso comercial− y, entre muchas otras cosas, obtener como resultado que las personas que lo requieran sigan activas como individuos y como componentes de la sociedad. Sólo algunos ejemplos para mostrar avances de baja intensidad que aún no se implementan.
 Lo paradójico es que se sabe muy bien lo que no está hecho por etiquetarlo como inviable y así se justifica la omisión de soluciones configurativas. Los argumentos arguyen “un conflicto de intereses” irresoluble, pero no se trata del interés en sí mismo –el interés, en estos casos, es una derivación del egocentrismo, no un término económico− sino de un insistente mercado libre que influye para mantener conflictos antiguos aún vigentes, para beneficiar el abuso financiero; esa es la constitución del poder alienado en la tradición anómala del juego. En el mismo sentido, el cambio social, empresarial y político no se percibiría mediante las revoluciones que emergen de un ideal democrático porque conservan el mismo formato que intentan desarticular. Una revolución humana será siempre redundante porque se gesta en un entorno de inconformidad y necesidades que no se satisfacen al pertenecer a ese ámbito disfuncional. Los inconformes exigen que sus anhelos puedan verse reflejados en las posesiones y en que “los poderosos” paguen por crear el sufrimiento masivo en el mundo. Pero esta aspiración denigra, de cierta manera, las iniciativas de las personas y los grupos que pretenden un cambio, pues las figuras de poder utilizan los niveles emocionales que entran al juego con el propósito de hacerlos perder; es un círculo vicioso que ha funcionado por siglos, pero cuya contribución sólo entorpece el crecimiento integral humano. Hace falta implementar un modelo de justicia cuya equivalencia no derive en la formulación bien=bien sino en la corrección del bien, donde lo justo no restrinja las posibilidades en la mente de quien propicie la transformación −se trate de un grupo de gente que protesta, un juez, un político o un teórico, etc.− a la insulsa intención de inhabilitar “la maldad”. Una persona que vislumbre la necesidad de un nuevo paradigma humano no perseguirá el objetivo de jugar “el juego”, ni de colapsarlo sino de integrar sus funciones a un estadio de mayor congruencia con las estructuras que lo han albergado indolentemente por ser el juego mismo una proyección fútil de la energía gracias a la iniciativa humana. En un contexto hipotético, términos como bondad, libertad, amor, unión, felicidad, etc., no serán valores de aspiración a un ideal de perfección, en vez de esto, prevalecerán como condiciones inherentes para avanzar en un entendimiento de mayor complejidad. La conceptualización del bien y el mal –como con otras percepciones psicológicas− integrará a un reconocimiento de la contundencia radical de los extremos –cuya malinterpretación ha producido un desequilibrio global−, dándonos la posibilidad de contemplar variables entre éstos para tomar decisiones menos precipitadas y equívocas que han servido para sostener una ambición insaciable. Se juega el juego mientras esa sea la conducta de nuestra especie, pero la orientación que otros factores ejerzan sobre nosotros, despertará nociones de otra magnitud en las que “el juego” cesará de proveer sentido a nuestra presencia. Las condiciones climáticas, la tecnología, las nuevas interacciones evolutivas o el inevitable aprovechamiento de otros sistemas energéticos, irrumpirán en la civilización y, aunque no sea una garantía que se aprovechen de una mejor manera los nuevos procesos influyentes, sí debe tomarse en cuenta que la humanidad está equivocada desde hace mucho tiempo y que esa conducta debe parar. No se trata de restarle importancia a la historia o al conocimiento generado en su transcurso, ni a la trascendencia de las personas que la han construido, pero es tiempo de reconocer –esperemos que también de aplicar− el absurdo de perpetuar una conducta infantil donde el poder y la guerra representan al “juego” y el entretenimiento es una estrategia para mantener a todos los estratos humanos apegados a la tensión de sus procesos. Es indiscutible lo disfuncional que refleja una figura de poder al elaborar un aparato bélico con el fin de conservar un modelo en el que los objetos proveen de objetividad a sus intenciones manteniendo embrutecido al conocimiento. Identificar una crítica al consumismo o que se pretenda reinsertar el materialismo histórico en este trabajo, representaría una lectura incompleta que requiere de un ligero empuje para comprender un poco más el objetivo. Los modos de producción para la satisfacción de las necesidades naturales y humanas han mostrado una gran versatilidad de opciones para agilizar múltiples procesos simultáneos y eficientes, muchos de los cuales se han visto contenidos en sus funciones para que “el juego” continúe conservando un formato absoluto; en este sentido, el materialismo histórico no aporta un escenario de discusión sino una certeza estructural que no se ha de cuestionar por un simple ejercicio de argumentos. Sería irresponsable desconocer o minimizar el sumo trabajo de análisis con que Marx definió la circunstancia en que la era industrial se instauró en la civilización y los procesos que se le han contrapuesto a lo largo del siglo veinte; precisamente por este motivo se hace mención de su importancia, porque dichos procesos han sido efectivos a pesar de que las figuras de poder le resten contundencia a trabajos de pensamiento profundo con el fin de imponer una farsa repetitiva. Tampoco se pretende evidenciar un nivel de ignorancia en funcionarios públicos y otros gremios, pero sí el desdén de tomar en cuenta las definiciones más fundamentales del funcionamiento económico y productivo, al parecer –pensando en “el juego”− sin un propósito constructivo. Por otro lado, el vicio del consumo a gran escala no debería ser una preocupación pragmática porque al percibir los distintos rubros de producción obtenemos la certeza de que los mecanismos económicos tienen la capacidad de abordar modalidades de igual manera eficientes aplicables a las necesidades de los mercados. El capitalismo es simplemente un sistema que permite concentrar los modos de desarrollo en gremios fragmentados con disfunciones internas, que son incapaces de convergir en métodos e interacciones consistentes y que perturban la secuenciación efectiva de los procesos. En sentido estricto, los estados y los empresarios que son incapaces de purificar los ciclos productivos de un país y sus empresas, que recurren a modalidades de corrupción, que implementan condiciones impropias de empleo, que no renuevan sus modos de producción, que no regulan sus condiciones mercantiles, que no sanean sistemáticamente las cadenas de desarrollo, mantienen vigente un templete donde la apariencia es una constante colectiva que inhibe la voluntad de las sociedades por surgir de una alienación caduca. El presente –no el futuro− necesita emerger a una superficie temporal que le permita abandonar ese lastre de la conducta humana. El encadenar los sistemas a un recurso energético de conveniencia comercial, mediante el que se justifican guerras y actitudes hegemónicas es una muestra del círculo vicioso en el que nos desempeñamos todos para permanecer en ese insulso juego. Distintas tácticas de ralentización mental –cultural, ideológica, productiva, etc.− se actualizan constantemente con el fin de mantener obstaculizado el desempeño a gran escala de nuestra especie. Darle trascendencia al capitalismo como sistema, daría como resultado que el planteamiento aquí presentado continuara formando parte de ese procedimiento obsoleto. El no recurrir directamente a  fuentes históricas y dedicar este espacio a hacer la mención de su importancia no pretende una posición arrogante, pero una premisa de este trabajo es, como se verá más adelante, evitar que patrones anteriores se reproduzcan recursivamente y que la estructuración de un nuevo paradigma de conocimiento se pueda definir tomando las certezas que la historia misma ha confirmado y que el hombre se ha encargado de malversar.

Una conducta aparente
Hoy, la aplicación del poder no ha cambiado en esencia y se ha tornado en algo más fantástico aún. Desde la visión de la economía y la guerra como un juego cuyas reglamentaciones son multifacéticas, los propósitos y los conflictos son juegos infantiles trasladados a un mundo financiero y de interacción mundial. A veces como juegos de mesa, videojuegos o cómics, en donde el ideal es el desarrollo de artificios que hagan más excitante la experiencia del conflicto. Valores como el la gloria, el honor y el espíritu de competencia trascienden el uso o la posesión del dinero; todos conformando un tablero o un escenario en el cual los parámetros de la realidad son apenas percibidos como segmentos que desaparecen gradualmente para quedar concentrados en un paradigma construido por la imaginación alterada que se desplaza en nuevos retos y niveles a los que se accede si se usa un dispositivo o una personalidad más sofisticada. Nada de esto debería de estar fuera de lugar, pero el choque de la noción y el deseo, de la razón y el ensueño, de la consciencia y la posibilidad, tergiversan las condiciones de una especie que experimenta sus propias capacidades y limitaciones rezagadas por la incomprensión de los procedimientos que exigen ir cada vez más rápido. La solución para ir más rápido es: Equiparar nuestra propia magnitud ­–cuerpo e intelecto− al desarrollo autónomo de la técnica misma y así evitar que el potencial se reduzca a ser transición entre la configuración caótica del cosmos y la prisión efectiva de una consciencia dormida en un mar intangible de ondas-partícula.
La creatividad del cerebro humano ha elaborado los estratos reconocibles de una realidad más o menos congruente para discernir entre la fenomenología apabullante de la naturaleza y la interpretación que tenemos de ésta para nuestro aprovechamiento. Hemos avanzado en un entorno que no deja de ser sorprendente, porque la naturaleza es un sistema que no cesa de develar detalles a cualquier escala y con distintos factores de complejidad cuya macroestructura readapta sus funciones y modifica los ciclos como respuesta a las dinámicas resultantes; es como un tornado que produce un orden mecánico macro-micro –y viceversa− y traducido en constantes de las que deriva el fenómeno de la evolución. Nosotros surgimos en este sistema y lo habitamos con la capacidad de percibirlo e interpretarlo; somos privilegiados por apreciar la experiencia de la vida. Al paso del tiempo nuestra especie se ha mantenido firme y aunque ciertos periodos históricos parecieran surgir de la imaginación de un loco, lo más absurdo dentro de lo absurdo, es que la humanidad no sea una entidad demente, por lo contrario ha demostrado ser muy versátil como para mantener la cordura en los procesos que ha experimentado; aunque no lo parezca, su componente conjunto no tiende a la demencia. Pero un rasgo negativo impide reconocer su magnificencia, esto es, que le resta importancia a la conservación de las funciones que concatenan unos sistemas con otros, anulando las posibilidades de potenciar en proporción lo que ya conforma el mundo. Nuestra inteligencia ha sido insuficiente hasta ahora para conservar un modo armónico de coexistencia. Pareciera que la inquietud de nuestro temperamento es una elección, una decisión por imponer los parámetros de una presencia que muestra un rasgo más nocivo que la locura, percibido en la implantación de procesos germinales anómalos. Este procedimiento omite no sólo nuestra adaptación a condiciones de una evidente función esencial sino el reconocimiento de que estamos irrumpiendo como una entidad que se ha convertido en indeseable para nuestro propio entorno. No hace falta que otra entidad consciente haga este reconocimiento, la humanidad misma lo hace y eso es lo que durante siglos no ha podido aceptar; algo tan sencillo. Desde antes de la era industrial, cuando la nocividad no tenía un impacto global, ya se notaba esta cualidad; ahora que nos estamos volcando sobre nuestro propio hábitat, es momento de hacer lo que siempre se ha evitado por desdén.
Nuestro órgano perceptivo ha diseñado un panorama de reconocimiento que extrae y desequilibra, como un procedimiento habitual; visto de esta manera, la solución está en coordinar la percepción y el ritmo de diseño que modifica nuestras preestructuras. El avance progresivo de una civilización que no restituye y únicamente absorbe los recursos es una modalidad de desarrollo que requiere de un nuevo planteamiento estructural. Hasta ahora, el hombre ha servido a la civilización por ser ésta su creación, su plataforma de desplazamiento y la que certifica la existencia de una entidad pensante en un cosmos vasto −que no manifiesta la constitución de vida orgánica de alto porcentaje por planeta y bajo un régimen poco riguroso de condiciones físicas y orgánicas a simple vista−. Quiero decir que, aun cuando la diversidad de vida en nuestro planeta es un cosmos en sí misma, la evolución de la vida en el universo no es una constante evidente, aunque existan indicios y similitudes ya identificadas en la actualidad. La civilización, como sistema, tiene que servirnos también y en sentido estricto lo hace, pero no cuenta con un método de transferencia por medio del cual lo invertido en ella se valga de un circuito que reintegre de manera funcional lo que la sustenta. Los desechos son sólo un aspecto de muchos otros que se pueden reincorporar a este circuito. Las políticas de reciclaje e interés por el ambiente no son auténticas estrategias de saneamiento ambiental. Las poblaciones desarrolladas no pueden identificar la magnitud de un tipo de aniquilación –aunque se destaque un cierto interés por contaminar menos−, porque están sumamente integradas a la cadena de circunstancias que conforman la plataforma en la que su vida se desempeña; los esfuerzos por frenar la devoración gradual por su modus vivendi seguirán siendo infructuosos hasta que la coordinación entre el planeamiento y la ambición humana se implemente como modus operandi. La calibración de la necesidades, el avance y el crecimiento poblacional –con todo y los problemas que ya conforman una estadística importante, mas no prioritaria para los intereses mundiales de nuestro presente−, son aspectos que no representan escenarios irreversibles; aunque un ecosistema desaparezca o una especie se extinga –algo que de estar en nuestras manos debe evitarse−, no debemos recurrir al desarrollo de un aparato mercantil que magnifique la problematización y se aplique una variante económica para obtener un beneficio financiero. Si los polos se deshielan, la táctica a aplicar sería modificar el diseño y el método  de construcción, porque las emigraciones son una reacción natural, pero la civilización no lo es. Para poner en marcha esta estrategia se debe recurrir a un nuevo sistema energético, implementar un nuevo paradigma económico internacional y promover la colaboración colectiva en las regiones para conservar las estructuras. Pero la reacción de las figuras de poder es el pánico, con lo que intensifican los efectos de la devastación, sofistican los conflictos y bombardean –señalan− a quienes responsabilizan de los males en el mundo y con propósitos ocultos en argumentos falaces y de poca importancia –son de baja categoría porque su finalidad no representa aporte alguno a los modelos obsoletos que pretenden defender−. Avanzar en el estatus organizacional implicaría identificar nuevas funciones sistémicas y corregir los trastornos existentes para preservar la especie humana como un sistema digno de Programar su evolución. El esfuerzo de desarrollo no debe usarse en diseñar un panorama bélico; ejemplo: la imitación mecánica del estomatópodo marino no debe ir directamente a formar parte de las estrategias de combate militar. La antropomorfización de la Inteligencia Artificial, por otro lado, implica la ejecución de valores implantados en la programación de sus preestructuras conscientes. En este sentido seguridad, libertad, verdad, amor y odio, etcétera, son valores que harían funcionar la psique de una entidad que posiblemente desarrolle sus propios mecanismos de percepción. Si comprobáramos que nuestro propósito fuera la aniquilación del planeta tierra, en términos macroestructurales, no importa, la naturaleza siempre tendrá una magnitud superior a la nuestra, y si definiéramos que nuestra finalidad es retar su resistencia, hay una probabilidad de que ganaríamos, pero seguramente sería mediante un procedimiento de sintetización que desarticulara o consumiera sistemas complejos, infinitamente más trascendentes que lo que nuestra especie habría alcanzado en este supuesto –como el goo nanotecnológico−.
La visión de los gobiernos en el presente asemeja a la estética del cómic, en donde los problemas alcanzan una proporción alucinante por el grado de factores robustecidos para el juego inerte en el que estamos metidos. Pongo  principal atención en los problemas, porque todo lo demás está conformado por ambigüedades y altos porcentajes de falsedad. El niño que llevamos dentro ha rebasado la metáfora y ahora es el parámetro del adulto que rige el mundo originando guerras para la construcción de efectos económicos o viceversa. Los efectos económicos generan guerras para que el adulto que rige el mundo pueda satisfacer a su niño interno. Es inadmisible la naturaleza de los conflictos internacionales: La lucha por conservar un estatus insípido de vida; que configura un escenario falaz de buenos y malos; que obstruye la educación y el desarrollo; que pretende crear la figura del gobernado; que manipula, interviene y construye la rebelión del inconforme; que simula reconocer el aporte de quien hace una contribución desinteresada y sapiente; que alimenta los valores de honorabilidad, heroísmo, amor a la patria y otros, a los que termina violando, sacrificando y venerando –en cualquier orden− cuando el juego aparenta modificarse; siempre es el mismo.
La ficción emerge a la realidad mediante personas que solían ser actores; ellos extraen argumentos de sus películas para volverlos una realidad. A todos les parece muy excitante parecerse a un personaje de ficción, no importa si representa al bien o al mal; hacen uso de la tecnología y la economía para enriquecer la estética del combate militar. La humanidad está reproduciendo un parámetro falso que recrea este tipo de imaginación en lugar de usar el conocimiento en una reconfiguración sistemática de nuestra naturaleza. Obviamente la imaginación no es el único factor que lo torna todo absurdo, pero el ideal de poder persiste para sustentar la coexistencia humana en un ambiente de conflicto aparentemente irresoluble. Contamos con una amplia noción de las anomalías y los síntomas socio-político-económicos son perfectamente identificables, pero la razón parece obnubilada y fascinada por estas circunstancias. Lo más extraño de todo es que ni los pensadores, ni los científicos, ni los metodólogos, ni los poderosos han logrado definir la manera en que un resultado contundente o un avance pragmático tenga la consistencia que se haya en la naturaleza sistémica del conflicto. Hasta ahora, todo tipo de desarrollo se integra sin dificultades a su disfunción derivada y se sincroniza a la función de un montaje obtuso. Pero aún, dentro de este contexto desolador, precisamente en éste, se puede cambiar a un procedimiento racional, emocional y cognitivo de una escala magnificada que reconfigure el pensamiento y la voluntad humanos. No se trata de reconstituir el ideal del bien, porque  concebir el mal pertenece a la percepción anómala que profiere el daño de la humanidad. El más aborrecible y doloroso de los crímenes es cometido por la articulación de una justicia que se encuentra en el limbo que alberga a los ideales humanos. Una revolución, el retroceso a los orígenes, la anulación de ciertas modalidades de producción, el uso de la tecnología para incrementar la productividad a bajo costo y la economía trascendental del dinero, son ejemplos de los arquetipos más constantes que se han sincronizado automáticamente al procedimiento del mismo montaje. Si se piensa en el éxito de alguno de estos ejemplos como un sintagma (un día brillante) de oposición, el hecho es que, por muy grande que parezca el triunfo, el que no ejerza una influencia contundente para la transformación de sus similares implica que existen otros factores que su proceso particular no fue capaz de reorganizar. No son los rasgos múltiples de la conducta humana lo que debe ser corregido sino su función particular en las estructuras que deben ser reconfiguradas con el objetivo de ennoblecer el potencial humano. –Como resultado, la articulación de quien tenga delirio de poder sería ubicada como una posibilidad para la que un cargo sin influencia podría servir de optativa--.

Programar la evolución humana
En términos de exploración vivencial, la humanidad atraviesa por una condición evolutiva múltiple en la que conviven culturas muy avanzadas con otras que se han rezagado. Discernir cuáles son realmente las avanzadas es lo interesante del ejercicio. Un indicador evidente es el uso de la tecnología: quien aplica más tecnología avanza más rápido. Según el ritmo mental evolutivo –esto quiere decir que el pensamiento acude a esbozar una percepción menos vaga de la realidad−, nuestra evolución tendría que ser posiblemente más lenta, pues los sentidos y la fisiología podrían experimentar incrementos proporcionales de magnificación que nos hicieran pensar diferente –más armónicamente−, pero a lo largo de las eras, la técnica mecánica e intelectual nos ha llevado a ascensiones graduales que requieren de una adaptación abrupta, por lo que no hemos logrado nuestro balance particular. Aun cuando los periodos más críticos son muy cercanos −edad media,  renacimiento, ilustración, era industrial y era tecnológica− y a nivel biológico parece no haber ocurrido mucho, la instrumentación técnica e intelectual de esos periodos propició que nuestra adaptación se equiparara a un ritmo acelerado que intensificó nuestra ya distorsionada concepción del mundo –distorsionada por los cuestionamientos que tuvieron que ser resueltos en condiciones donde ya dominaba el recurso de la manipulación, con el propósito de asegurar el poder, principalmente místico, a manera de ensayo para los tiempos que estaban por llegar−.
En términos prácticos, el prominente avance tecnológico compite con la naturaleza y está a punto de formar parte de un proceso tanto o más trascendente que el de la era industrial. La implicación de su surgimiento está ocurriendo en nuestras manos y es muy espectacular porque deriva en un sinnúmero de versiones. Por un lado está la tecnología a la que estamos acostumbrados, una sistematización que opera con el fin de facilitar la vida humana. Esta rama tecnológica deriva directamente de su prehistoria muy reciente ubicada en la era industrial. Conocemos bastante bien sus características que se podrían resumir en:
1.       Haber evolucionado mediante la sintetización constitutiva –que ahora deriva en tiempo de vida funcional planificada para su aprovechamiento comercial.
2.       Ser usada de forma doméstica e industrial, con lo que se han probado modalidades específicas para su producción y para su ritmo de consumo.
3.       El desarrollo de vehículos de todo tipo de transporte, que se introdujo de manera cultural como una de las tradiciones mundiales más compartida y apreciada.
4.       Un nivel industrial bastante agresivo que, sin embargo, ha demostrado ser muy eficiente para la distribución y el intercambio de mercancías en todo el mundo.
5.       La oportunidad de hacer uso de la inventiva en todos los rubros de necesidades humanas.
6.       Una incalculable cantidad de desperdicios –algunos reciclables y otros que aún no se sabe cómo reincorporar a los ciclos de producción.
7.       Es un constituyente de la percepción económica contemporánea en todos niveles.
8.       Incide en los ecosistemas, el clima y el modo de vida de todas las especies del planeta.
9.       Pasó de facilitar actividades a seducir para inducir al consumo y ahora a controlar la forma de relacionarse entre los seres humanos.
10.    Ha generado nuevas variantes que son la punta de las posibilidades en la actualidad, una de ellas es la posibilidad de una era planetaria.
Seguramente hay más, pero con enumerar diez características relevantes es suficiente. Antes de que surgiera la tecnología como la conocemos ahora, en la era industrial, las expectativas de los humanos eran más o menos similares −en el sentido de las posibilidades vislumbradas en siglos anteriores que pronosticaron un avance probable−; las personas eran más costumbristas, poco abiertas a la novedad, se apegaban a los valores que les habían inculcado aunque no siempre los respetaran. Sólo hasta que las propuestas para llevar al hombre al cielo o fotografiarlo y filmarlo comenzaron a hacer de la magia un aspecto de la realidad, la humanidad comenzó a comprender que ciertas condiciones fantásticas eran practicables y sin mucho interés por saber cómo funcionaba eso que le llamaba la atención, la era de los avances magnificados la comprendió sin una transición gradual. El desarrollo turbulento mostró muy rápidamente la capacidad de destrucción de la que era capaz y aspectos como los nuevos mecanismos financieros o las nuevas estrategias lingüísticas y de comunicación abrieron las cortinas de un mundo aterradoramente encantador cuyo influjo no se ha detenido hasta ahora.
En la actualidad la tecnología ha pasado por la era industrial, la era computacional, la era digital y a partir de aquí se ha bifurcado en muchas ramas como la virtualidad, la bioingeniería, la inteligencia artificial, la robótica, la nanotecnología, la geoingeniería, la medicina biónica, etcétera. Todas estas aplicaciones tienen su complejidad particular y se pueden interrelacionar. Además de la tecnología aplicada, existe un tipo de desarrollo teórico que usa el conocimiento para la elaboración de modelos y los más conocidos son la física relativista y la mecánica cuántica, cuyas posibilidades son igualmente trascendentes. Su importancia corresponde a una conducta probable de contención limítrofe, un comportamiento que muestra un tipo de razonamiento inteligente que puede determinar la magnitud estable del desarrollo proveído hasta ahora por la mente humana. Otra modalidad teórica es la del Universo Holográfico, que ha derivado de la teoría de cuerdas y la membrana, pero que parece ser un modelo más sorprendente y consistente que los anteriores. La comprensión de estos modelos nos lleva a percibir la posibilidad de una cierta inteligencia que no tiene un desempeño antropocéntrico –como lo podría reflejar el concepto de Dios−, es decir, no necesariamente parte de la existencia del hombre para operar sino que ordena y organiza el desenvolvimiento del saber que se aplica gradualmente en relación al contexto formulado, de esta manera, el uso de la energía nuclear, por ejemplo, aunque ha excedido por mucho las condiciones infraestructurales de la civilización, no es una amenaza potencial por sí misma después de haberse puesto en marcha, sus desastres aun habiendo sido críticos, son medibles, por lo tanto son controlables. Si ahora estuviéramos al borde de un génesis de la mecánica cuántica en el que la desarticulación-reconstitución molecular en magnitud fisiológica, estuviera conviviendo con la robótica –no estamos lejos, pero sí dista un poco con relación a la tecnología echada en marcha−, tal vez podríamos arreglárnoslas, pero el espectro perceptivo humano parece no ser el coherente para cohabitar con lo que no podemos identificar aún. Circunstancias como la teletransportación, la aceleración en magnitud luz o la adaptabilidad fisiológica inmediata, son aspectos que requieren de un desempeño muy distinto al que nuestra especie está acostumbrada.
Una de las peores consecuencias de este temperamento es que la tecnología sustituya a la vida biológica; los escenarios más conocidos parecerían ser los más ambicionados por los desarrolladores de sistemas, pareciera que no se dan cuenta de que el panorama propuesto de aliarnos con la tecnología podría no ser necesario, puesto que nuestro potencial es prescindible en el formato de nuestro presente. ¿Por qué asumir que somos lo suficientemente indeseables como para ser despreciados por la entidad que derivará de nuestra especie? Me parece más coherente intentar una reconfiguración de los sistemas que hemos creado y sincronizarnos con el ritmo de desarrollo de la tecnología, pero en un ámbito del conocimiento que consigamos ver reflejado en nuestra fisiología, en nuestro aprovechamiento de los recursos, en la recolección de la energía, en una instauración de avanzada que no sea obstruida por el aparato económico disfuncional, que nos permita experimentar distintos modos de expresión vital, en donde la programación evolutiva no esté restringida a la autodestrucción –aquí el término extinción no sería el correcto−.
Ahora se apuesta por la nanotecnología para reconstituir aspectos fisiológicos de nuestro cuerpo, desde microrobots para la destrucción de anomalías celulares y la refuncionalización completa de células y neuronas, hasta la programación a molecular en gran formato que permite la modificación en tiempo real de un espacio, un estilo y, conforme vaya avanzando, el dinamismo molecular programado podría hacer cualquier cosa –incluso algunos teorizan acerca de una especie de desentrelazamiento molecular masivo ocasionado por los nanobots denominado Goo –un fenómeno que no se puede prever con certeza que vaya a ocurrir o no−.
Además de todas las opciones que han ido emergiendo para la subsistencia humana, la más consistente es la evolución biológica que limita todas las facultades orgánicas de cualquier ser vivo; la degradación celular, la consistencia de los tejidos, la funcionalidad neurológica, la adversidad del entorno, son factores que determinan la longevidad de un proceso para la totalidad de la especie, porque aún no surge la alternativa para evitar morir cuando la fisiología colapse −como sucede con las demás especies orgánicas−. Uno de los aportes menos aventurados es el de la programación genética, que  ha avanzado con mucho éxito en el desarrollo de investigaciones para inhibir el proceso de envejecimiento y la reposición celular, la replica de órganos y la reactivación neurológica. Lo interesante de esta opción es que la constitución humana podría permanecer íntegra, pero con la posibilidad de incrementar la resistencia evolutiva sin necesidad de alterar los mecanismos originales del cuerpo.
El anhelo de extender la longevidad, a veces por miedo, a veces por curiosidad sobre el futuro, es un intenso percutor que aparece en algún momento de la mente individual, que permite imaginar el no morir porque la voluptuosidad de la vida invita a la eternidad –claro que, en ciertas circunstancias se puede pensar lo contrario−; sí se pudiera acudir a alguna de las opciones antes mencionadas, significaría que la humanidad habría logrado ser capaz de planificar los escenarios evolutivos pertenecientes a la naturaleza; de alguna manera, eso mostraría también, que en algo habríamos cambiado como especie. En el caso de que las técnicas para extender la longevidad se activaran en el mismo contexto de constreñimiento político-económico-social que aún persiste, sería un fracaso equiparable a programar nuestra extinción a corto plazo, porque implicaría que ninguna reconfiguración habría sido implementada y los sistemas de la civilización tenderían a colapsar.

¿Cuáles son los aspectos en los que debemos avanzar, entonces?
La intención de este trabajo es la de elaborar un proyecto metódico de reconfiguración que propone dos premisas principales: 1.- El cambio individual es de pulso corto. No por esto quiere decir que sea más o menos efectivo sino que es el nivel de influencia descrito para una percepción lo más congruente posible. Un grupo de individuos que unen fuerza para suscitar alguna modalidad de transformación no podrá verla fructificar si no recibe indicios de que el receptor que analiza su propuesta reconoce un nivel de identificación correspondiente. 2.- Concebir que el ámbito macroestructural –Gobierno, comunidades, corporativos, intelectuales, banqueros, científicos, grupos de individuos, profesionistas− es, conjuntamente, un constituyente de la reconfiguración magnificada de nuestra especie. A todos se nos ha instaurado la idea de que hacer cambiar a los ocupantes de los cargos estructurales de la sociedad es imposible, pero no es así. Precisamente el reto Humano está en demostrar que es capaz de avanzar a una mejor situación por medio de sus cualidades. Como se expuso en los apartados anteriores, se están gestando manifestaciones evolutivas muy singulares con las que es probable que coexistamos en una temporalidad muy cercana –hablar de un futuro ya no tiene tanto impacto−, pero eso no asegura que la humanidad vaya a formar parte de dicho escenario. Quien opina que no es posible comprender en el cambio a la macroestructura, muy bien podría asegurar que los seres humanos están en la tierra para quedarse. Con estas dos aseveraciones, se pueden componer otros escenarios como que aún con el cambio de gran magnitud, la humanidad no subsistiría. O el propuesto aquí: La integración de la macroestructura para transformar los procedimientos humanos, también incrementaría sus facultades propias y otra clase de adaptaciones, así como una comprensión más precisa de sus valores, instituciones y propósitos en el planeta tierra y el interior del cosmos. Intervenir en el proceso de una transformación planificada es un paso que debemos dar como especie; hasta ahora existen muchos motivos por los cuáles la convergencia en los nombrados estratos sociales es improbable porque se ha inculcado 1.- El deseo de lo que tienen los otros y 2.- El desprecio de lo que no se quiere ser. Son dos facetas de una misma moneda, pero no se correlacionan como dos extremos; su flujo de funcionamiento está disociado (explicar). En estas tendencias acostumbradas, hay diversos efectos que crecen en relación a la escala económica, entendida así en las modalidades sociales contemporáneas. Un ejemplo sencillo se explica en un nivel de riqueza de esta manera: Una persona con todos los recursos a su alcance, con educación y el mundo por delante, elegirá una o algunas de estas opciones –es decir, puede ser un empresario, hombre o mujer, que practique el esquí, que viaje por el mundo y le guste el buen vino y los autos, además de hacer muchos amigos; se puede concentrar en una sola de estas opciones− y su experiencia de vida le dará para no interesarse por otros aspectos que no se relacionen con su modus vivendi. En un escenario de pobreza, se ejemplifica de esta manera: La persona que carece de recursos, que no recibe educación y que no puede aspirar a otro modo de vida, piensa que con grandes cantidades de dinero la vida se le arreglaría; los mensajes a su alrededor la llevan a concebir que desearía ser el “jefe” en una compañía sin saber muy bien lo que esto implica. La cadena que se va construyendo entre estas dos condiciones muestra variaciones en donde los que tienen dinero no les gusta la manera de vivir de los pobres y viceversa, pero cuando se interrelacionan en un contexto en el que la familiaridad les permite integrarse, llegan a reconocer las semejanzas y desanuda momentáneamente los impedimentos prefabricados. Lo que sucede en este cuadro es que ingenuamente se aspira a que todos sean iguales, pero las diferencias son innumerables, sustancialmente necesarias. Se pretende que todos podrían ser gobernantes, intelectuales o fisicoculturistas, pero no todos tenemos las mismas cualidades o intereses; aunque este no es el problema. No se trata de cuestiones raciales o culturales, se trata de un asunto económico –las variaciones de índole racial o cultural surgen con la figura de poder que es quien controla la economía− desde el cual se puede identificar lo anómalo. El comportamiento del poder como un control económico, obedece a un factor irrisorio e infantil: la indisposición a coexistir. En la categorización de estatus alto-bajo, unos no están dispuestos a hacer lo que los otros, por esta razón existe la tendencia a hacer uso del servicio ajeno para que éste haga lo que quien contrata no está dispuesto a hacer. Esto ya funcionaba como costumbre en el comportamiento primitivo, si le sumamos el aspecto económico, la indisposición de “hacer” se transforma en un monstruo entorpecido que intenta coordinarse con aquello que sí le interesa, pero aquí ya podemos vislumbrar el conflicto que origina. Pareciera que hacer lo que cada quien quiere es una finalidad y, hasta cierto punto, un logro, pero no es así del todo. Desde un punto de vista psicológico, una persona arrogante e intransigente acude a la aplicación de su poder para lograr, no algo que desee sino un propósito, que podría ser el de ocasionar daño deliberadamente; lo que esta persona podría necesitar en realidad es un estímulo muy distinto, que si bien no corrigiera su personalidad, sí podría abrirle constantes opciones que intervinieran en la modificación de su comportamiento. En este ejemplo el factor dinero –no el de economía− podría desaparecer; es decir, para la corrección de esta clase de problemas el dinero es innecesario, aun cuando se trate de contemplar viajes u otros modos de consumo que en las economías históricas son imposibles de imaginar sin su inclusión.
Lo que se intenta explicar en este capítulo es que muchas de las necesidades personales que se pretende cubrir mediante la manutención de un sistema económico que se base en cantidades inconmensurables de un valor abstracto acumulado y sometido a la especulación, son profundamente disfuncionales. Se piensa que el dinero es el estímulo para que las sociedades produzcan, pero no es así. Esto ya se ha discutido bastante como para aportar más argumentación. Lo que se debe percibir ahora es que las necesidades creadas para la satisfacción comercial de los mercados, puede emplear la iniciativa de profesionistas en desarrollar campos igualmente comerciales, pero no de categoría desechable. Por ejemplo, el uso del shampoo es indispensable en el uso cotidiano y existen muchas opciones, cuando lo que se necesita es un producto que mantenga limpio el cabello, su uso no requiere de ninguna campaña de comercialización, la gente simplemente usará el que le guste por cualquier motivo. De este producto, surgen cadenas de producción que trabajan conjuntamente para que la industria del shampoo pueda proveer al mundo. Si a la gente no se le pagara por realizar esta actividad, posiblemente muchos estarían desempeñando otra labor en su vida, lo cual también sería útil. La conveniencia de generar una mentalidad de consumo hace imaginar que sin el dinero las personas no harían nada, pero ese escenario se apega más a la cultura del poder, pues es ésta la que prefiere hacer el menor esfuerzo; y aunque hacer dinero requiere de trabajo, los fines son de una categoría inferior. No se trata de hacer un señalamiento, porque incluso esta condición debe ser percibida en la reconfiguración de la macroestructura. Posiblemente sea cierto que algunos aspectos se vayan a ver reducidos al mínimo, como el de la servidumbre, pero eso no debe representar ningún problema. En el escenario más fantástico, si se corrigieran las anomalías que producen los caprichos −a lo que se reduce la percepción del poder− de quienes no quieren hacer cierta actividad en específico, la gente que hace lo que debiera estar haciendo por una satisfacción particular, podría desarrollar un sistema que eliminara dichas actividades inconvenientes para la gente que no las quiere realizar –la nanotecnología, por ejemplo−.
En términos concretos, la macroestructura –que integra cualquier magnitud de fuerza grupal− es el factor principal de colaboración para el funcionamiento del nuevo paradigma humano. No es cuestión de esperanza o de pensamiento positivo, ni de recurrir a los eslogans prefabricados sobre la confianza y la unión de fuerzas sino de propiciar el inicio de un proceso que elimine los lastres para librar el tope político-económico-social. Los modos de producción contemporáneos desechan producto activo, promueven falsas expectativas, menosprecian la diversidad, ensalzan valores vacuos y se valen de vicios actualizados a diario. Esto es inadmisible en comparación con el nivel de complejidad en el que estamos integrados. Por supuesto hay aspectos que se aprecian como el lado asombroso de lo humano, pero como se mencionó antes, al formar parte de una anomalía más contundente, el lado bueno de la vida es anómalo también. Millones de personas en la historia no han sido felices o lo han podido experimentar cuando el ojo del huracán les ha permitido contemplar y valorar alguno de los aspectos más sencillos de la realidad −esta pequeña reflexión está pensada para ejemplificar a personas ricas o pobres−. Adagios como  “La vida es dura”, “Se debe ser feliz con lo que se tiene”, “Lo único que importa es la gente a tu alrededor”, “La patria es primero”, y muchos otros, son patrones funcionalizados en el subconsciente para activar un nivel de renuncia que se va amplificando conforme los estragos personales se vuelven más prominentes.
Otro aspecto importante es incentivar el espíritu de competencia en las prácticas humanas, pero no con la adición del instinto de supervivencia sino con el de empuje correlacionado. La intención de sobrevivir es ganar, derrotar, humillar, ser superior, la destrucción de un ego o de una capacidad; la correlación implica llegar más lejos, hacer uso de los recursos y estructurarlos para que un nuevo proceso muestre un reto desconocido que pueda ser integrado a la magnificación humana. El modo de sinergia necesario para lograrlo es la implementación interfactorial de procedimientos por medio de la cual los distintos aspectos que se correlacionan con una circunstancia acudirían a la reconfiguración que la solucionará. Un procedimiento interfactorial permite que sean puestos en marcha distintos niveles de articulación como se hace para introducir un tipo de producción en el cuadro de necesidades de una población. La diferencia es que funciona con un modelo económico menos restringido y que agilice los demás procesos. Por ejemplo: Al proveer de una tecnología para la transcomunicación (traducción en tiempo real) de dialectos e idiomas en el mundo, cuya implementación económica funcione sin parámetros comerciales, reduciría las políticas públicas que sólo retrasan el flujo de resultados, permitiría un avance sincrético y ecléctico para la integración funcional de las culturas primigenias en el mundo civilizado, ya no como una manera de preservación sino como participantes efectivos del mundo y las diferentes lenguas permanecerían por más tiempo con una autonomía de proyección. Esta clase de implementaciones deben de contemplar la accesibilidad de adquisición de dicha tecnología y la manera en que el usuario retribuiría a la sociedad al proveerle un dispositivo que agiliza su integración a los mecanismos productivos y sociales. También se regularía de manera congruente la función del patrimonio ancestral como perteneciente a los grupos locales e internacionales interesados y no como de uso exclusivo para la explotación por parte de los gobiernos y las instituciones.
La diferencia entre un procedimiento interfactorial y la visión comercial, es la finalidad de su implementación, pues lo comercial busca el mayor beneficio corporativo y los factores que contempla están restringidos al índice de un costo que produce ganancias excesivas.
Lograr que la figura de poder modifique los objetivos que la sustentan requiere de procesos paralelos que refuercen este propósito. Algunos de éstos serían: Las poblaciones del mundo deben valerse de una inteligencia más exigente para que la protesta no sea su único mecanismo de transformación. La Democracia no puede permanecer como un discurso para promover falsas expectativas, se tiene que pensar en una modalidad auténtica de descripción conceptual de las relaciones existentes entre el estado y la población, que surja de un proceso de reconfiguración. Diversos modos convencionales humanos son identificados como vicios o virtudes según sea la conveniencia, pero estas valoraciones son funciones de una categorización correspondiente al sistema arcaico mercantil. Por ejemplo, los mecanismos de corrupción podrían ser incorporables o prescindibles, dependiendo de su refuncionalización. Por otro lado, la contribución pública y privada al estado no necesitaría recurrir a “trampas” como la disminución de impuestos por donaciones o iniciativas de un altruismo cuestionable con el objetivo de reducir “obligaciones fiscales” y que es al mismo tiempo un modo de activar un recurso alterno de seguir generando riqueza sin proveer beneficios efectivos, ni de contribuir a la sociedad por los programas activados con resultados fantasma. Sin el factor del dinero, lo que se percibe como corrupto en la actualidad podría ser incorporado a la economía o ser prescindible según fuera la aplicación. Como este aspecto, otros vicios y virtudes actuales experimentarían una reformulación conceptual como la falsificación, la denominación salarial, las transacciones financieras, el narcotráfico, las constituciones legales de los países, la moral, la verdad y la violencia, etcétera.
Lo importante es evitar que los cambios ocurran al borde del precipicio, cuando la tecnología nos rebase, la contaminación sea imposible de eliminar y la violencia sea incontenible; cuando las medidas económicas lleguen a un rascacielos especulativo que ningún recurso financiero fuera capaz de reorientar o que un error científico propiciara un riesgo insalvable. Uno de los conflictos más trascendentes es la separación internacional, cuya tensión propende a la guerra de baja o mayor intensidad; eso es lo que hay que reconfigurar desde la visión macroestructural, para que la especie humana logre conservar su calidad de entidad consciente, racional-emocional e inteligente. Lo que sucede en estos tiempos se ejemplifica con la economía. Los encargados de eficientar una de las disciplinas más trascendentes de la humanidad persiguen la consolidación de un sistema financiero que nadie pueda cuestionar o derrumbar, basándose en las columnas del poder y en los vicios de la civilización, pero pocos se aventuran a desarrollar un sistema de economía no monetaria, que es uno de los requerimientos para disminuir las tendencias autodestructivas debidas a una percepción abstracta aplicada a procesos reales. El hecho de imponerle un costo a un servicio o producto y de pagar por ley su precio es uno de los vicios más disfuncionales de la civilización. Si existe un proyecto de economía no monetaria, se ha quedado en la academia y visualizado como una utopía, cuando es precisamente lo que se necesita en el mundo. No se requiere pensar en el comunismo, el socialismo o una revolución, mucho menos en una variación capitalista, para estructurar una reconfiguración de la economía internacional. Esta clase de medidas contundentes son necesarias para renovar la constitución humana a nivel internacional y no requeriría de anular aspectos como la confortabilidad, ni los beneficios de la civilización potenciada o de plantear políticas de austeridad, porque el propósito es comenzar a generar un movimiento de avanzada a nivel mundial. Para lograrlo se debe incluir a todas las culturas con la visión de colocar el conocimiento que cada una puede aportar, en lugar de justificar la omisión de su pensamiento para después ser retomado por las instituciones en términos de incrementar la aplicación práctica de un saber ancestral. Me refiero a las culturas originarias porque es en las que más repercuten los efectos de la economía y las políticas disfuncionales, pero también ocurre en los modelos educativos, de desarrollo y de negociación internacional.
El consumismo en la modalidad capitalista –por no darle trascendencia al neoliberalismo− es otro vicio importante, pero su inclusión en el proceso de la reconfiguración tomaría en cuenta que los niveles de consumo son un efecto consecuente del desarrollo, así como disminuir la oferta en los mercados o como lo llamaría Alvin Toffler la Desmasificación de producción masiva. Lo indispensable es que los citados vicios encuentren su modulación como proceso en la nueva sistematización y que le abran paso a solidificar las virtudes humanas por medio de la cultura profunda de las distintas regiones del mundo, incentivando los hábitos que agilicen el flujo de la información por medio de la interacción física y virtual entre naciones.
Hay un índice que evalúa que el consumo de energía al año en el planeta equivale aproximadamente al flujo que reciben las capas exteriores de la atmósfera desde el sol en tan sólo una hora; esto quiere decir que implementar un sistema de energía actualizado cubriría las necesidades más exigentes que aún no consiguen operar sin estar fundamentadas en las limitaciones del aparato económico disfuncional. La magnitud que influirá para cambiar nuestra naturaleza es la energía, por lo que es uno de los aspectos más importantes para reconfigurar la civilización.
Los distintos rubros de la macroestructura deben hacer uno de los movimientos más trascendentales para el paso que debe dar la humanidad, esto es: perder el miedo. Una fuerte limitante para alcanzar las metas potenciales de la humanidad, su civilización y las nuevas entidades que emergen en un ámbito no natural, es el miedo, el temor de que los demás y lo demás crezca y se desarrolle, porque es absurdo que ese sea el motor y al mismo tiempo el freno del desenvolvimiento contundente de los procesos que contemplen a la humanidad en el cosmos. Es muy bueno reconocer la función del miedo como un instinto de regulación para contener decisiones erróneas, pero la actitud de la humanidad ha exagerado la proporción de su utilidad, por lo que degenera en un velo orgánico que se apropia del cuerpo físico llevándolo torpemente hacia un mundo al que aparenta integrarse pero que no tiene reparo en develar inseguridad y en aceptar la tendencia anómala que está construyendo en todos sus discursos. El poder seduce a los sabios, pero el miedo los denigra. Esto implica que no es el valor de luchar lo que inhibe al miedo sino la integración consolidada para no ceder al instinto destructor.
Hay cosas que no deben suceder, cosas muy simples como obligar a ganarse la vida a quien no puede seguir el juego corporativo. No se trata de eliminar clases sociales en principio, pero sí las restricciones que sustentan el abuso sistemático de la figura de poder. Se tiene que aplicar el conocimiento para reestructurar el mundo, no para seguir el juego de los mercados. Resolver la pobreza económica representa un objetivo inminente en la era contemporánea; lograr ese avance sería lo más grande en la historia de la humanidad; sólo es cuestión de voluntad y la voluntad es coordinación. Hasta ahora las personas interesadas, avocadas a cambiar algún aspecto anómalo fracasan porque no se valen de la tecnología más que para consumirla, pero se necesita un tipo de coordinación más dinámico. Los hackers hacen uso de la tecnología en otro nivel, incluso con propósitos sociales, pero se requiere conjuntar más medios para estructurar un procedimiento interestructural más efectivo.
Los movimientos sociales, sobre todo en esta era, se encuentran vulnerables a una manipulación tácita que requiere estrategias menos problematizadas –su complejidad es comprensible, pero el número de actores que la componen deriva en un problema de percepción− y para obtener un resultado de esta modalidad, las comunidades que trabajan por una propuesta de cambio necesitan hacer uso profundo de la tecnología e involucrarse más en aspectos que trascienden sus circunstancias particulares y organizarse a mayor escala. La posición que se debe tomar es la de percibir la protesta pública como un campo minado, controlado y de nulos resultados si no se tiene la capacidad de hacer análisis modificatorios con métodos renovados. El recurrir a la protesta y la muestra de inconformidad no deben ser recursos vigentes en los estratos calificados como “inferiores”, ahora lo que deben propiciar es el revelar el aspecto de su conocimiento superior. De igual manera, los estratos sociales que no tienden a la beligerancia como un modo de vida, están comprometidos a consolidar una inteligencia organizativa de una contundencia similar a la de la violencia, pero con fines superiores de comportamiento, sin violencia.
Un ejemplo contemporáneo podría ser el de la compañía Google, uno de los impulsores de desarrollo tecnológico más avanzados que existen en este siglo 21. Al mes de marzo del año 2014 define su tendencia de desarrollo como por fuera de una línea militar –se hace énfasis en la fecha porque se trata de una operación comercial que fluctúa inevitablemente de una especulación a otra dependiendo de múltiples factores−. Google sería un ejemplo del grado de superioridad que se puede aportar a la humanidad, desde una postura no beligerante, que podrían emular otro tipo de compañías y organizaciones. El conocimiento aplicado con el propósito de generar una modalidad introductoria de la reconfiguración macroestructural profunda, es uno de los procedimientos imperantes que son necesarios para nuestra especie. Ya sabemos lo que esto implica: Guerra, sólo que si la fuerza de desarrollo se coordina mediante parámetros de reconfiguración −no hablemos de una filosofía o una ideología sino de procedimientos concretos de conocimiento no restringido; hablemos de calibrar las posibilidades y los propósitos reales dejando atrás el arcaísmo estructural que representa la economía del dinero−, de esta manera las probabilidades de una guerra disminuyen. La inteligencia racional es ahora más necesaria que nunca, acompañada de un reconocimiento de las emociones y los sentimientos, es decir, de la complejidad inherente a la transformación del ser.
Si una etnia aborigen formara parte de los distintos ascensos graduales de la civilización, muy pronto podría estar aportando un conocimiento practicable y requerido desde su origen etnohistórico. Las dos partes, tanto la que intenta gobernar, como la que padece su gobierno, tienen que perder el miedo a la transformación de dicho origen, porque más allá de la muerte, el cambio es una tendencia perene y cualquier cultura está consciente de ello. Si una etnia lograra convertir en asimilable su lastre cosmogónico –no la anulación de su cosmogonía sino la pérdida del miedo a cánones culturales y su diversidad (no puede ser más claro)− y material, otras modalidades organizativas también pueden ser candidatas a lograrlo. La realidad de este proyecto –soy consciente de ello, todos debemos serlo− se equipara a lograr que la morfología del “Futbol” –éste como representante de una gran cantidad de otros vicios fisiológicos e intelectuales− forme parte de una manifestación secundaria en el cerebro colectivo de lo real contemporáneo, algo que parece “imposible”, pero la manifestación inteligente de nuestra especie –nos guste el futbol o no− puede reconocer que en vez de imposible, esta perspectiva es completamente risible. Se trata de mostrar un rango del espectro social contemporáneo, en el que las distintas causas que originan el desorden mundial se deben a la conducta infantil a la que se hace referencia en este trabajo, en donde las aspiraciones inalcanzables para la mayoría son identificadas como de orden inferior a las capacidades con que contamos como entidades biológicas, racionales-emocionales y que tiene a la técnica de su lado.
Toda clase de comportamiento agresivo y bélico es una constante del procedimiento humano, pero, por mucho que parezca un constituyente fijo de nuestra naturaleza no es así; la tendencia a solucionar conflictos trascendentes mediante alguna magnitud de fuerza tiene una raíz circunstancial, incluso las escaladas violentas regionales o internacionales se contextualizan por los nodos interconectados que vinculan distintos aspectos que construyen un escenario propicio para el desarrollo de un conflicto aparentemente necesario e inevitable. Un conflicto internacional, antes de alcanzar un rango bélico está compuesto por diversos aspectos que podrían no formar parte argumental del conflicto mayor. El verdadero problema es que el modelo económico con el que ha funcionado la civilización se ha valido de un alto nivel de falsedad para poder justificar los múltiples intereses que se persiguen para satisfacer necesidades aparentemente económicas y así volver efectivas las simulaciones políticas del escenario construido. El mismo desarrollo tecnológico juega un papel decisivo en este procedimiento, pues su participación en el comercio internacional es lo más influyente desde hace ya un siglo y uno de los principales rubros es el armamentismo. Por supuesto otros rubros de la industria reflejan una mayor influencia en el aspecto productivo, como el automovilista, el doméstico y el de infraestructura, pero el desarrollo de armamento es uno de los móviles actuales que impulsan con mayor contundencia otro tipo de actividad económica con intereses que vuelven aún más inasible la posibilidad de un modelo democrático aún cuando su ideal aparenta ser vigente en una era que funciona de una manera muy diferente. Insistir en que la figura de poder represente al gobierno elegido por un pueblo –la dichosa Democracia−, es una apariencia que funge como la mayor causa del tope político-social-económico que mantiene operando un sistema obsoleto para el flujo de recursos y sistemas activos. Un gobierno congruente con esta era pre-planetaria requiere de implementar la reconfiguración de alto rango para que se alcance a percibir el beneficio en todos los aspectos humanos existentes.
La reconfiguración de la industria armamentista sería un ejemplo de cómo impactaría la macroestructura mediante una comprensión avanzada de los aspectos más sensibles de la civilización. Hasta ahora el uso de armas en las naciones representa el estatus de poder neto que puede ser desplegado por cada una, de ahí derivan las variables argumentales para poner en juego el contexto histórico. Todo esto puede ser transformado si la industria de armas comienza a generar una actividad de magnificación energética más consistente. Por ahora, el armamentismo representa uno de los rasgos más infantiles de la humanidad con el que se definen parámetros muy cuestionables como el de los valores heróicos, que aparte de ser risibles, muestran un lado hipócrita al ostentar un comportamiento que la mayor de las veces es apócrifo por falsas atribuciones. Las instituciones militares en el mundo podrían representar un auténtico ejercicio de sus ideales si en lugar de trabajar en estrategias de defensa e intervención, se avocaran a ejecutar procedimientos de desarrollo de mayor magnitud que propiciaran el ascenso de las aspiraciones humanas a una categoría superior, pues los males de las sociedades son el resultado de necesitar (aspirar) niveles superiores de competencia, sin embargo lo único superior, en este caso, implica soportar y ejercer mayor daño, por lo que se puede definir mejor como un instrumento primitivista de los estados.
El crimen es uno de los subestratos del comportamiento militar y político que inevitablemente sería comprehendido en la función endócrina del comportamiento instituido como militar. Por esta razón, el crimen no debería ser una preocupación; no es que se le reste trascendencia al problema de este fenómeno sociopolítico o que se califique como no perjudicial en sí mismo, pero su solución va integrada a los procedimientos que se logren instaurar a nivel macroestructural.
Varias de las propuestas desarrolladas en este trabajo pugnan por la transición de un comportamiento humano aún primitivo a una modalidad que supere la condición humana misma de nuestro procedimiento, por eso será necesario desarrollar el siguiente capítulo.

¿Qué nos mantiene humanos?
Esta fue la pregunta con la que cerré una publicación que hice en el año 2013 titulada Ser Más que Humanos, era una revista autogestiva en la que planeé dar a conocer una introducción sobre el planteamiento que se elabora en el presente trabajo. Es una revista de pocas páginas en la que se esbozan algunas premisas sobre lo que implicaría y las aspiraciones de trascender la condición humana. El planteamiento pudo haber sido “¿Por qué sería necesario ser más que humanos?”, pero desde el título me pareció que la cuestión por mi parte ya había marcado un manifiesto, por lo que el cuestionamiento terminó siendo ¿Qué nos mantiene humanos? Ahora, después de un año, en el presente trabajo que sigue siendo una introducción, sólo que más elaborada, he llegado al mismo punto y para mí se vuelve cada vez más imperante, no sólo responder a esta pregunta sino pasar a un modelo práctico, diseñar el método que permita implementar un sistema con la capacidad de calibrar la función de las instituciones de la civilización, pero preparándonos para controlar el proceso con procedimientos que ya no arrastren la conducta disfuncional de la humanidad. No se trata de elaborar el manifiesto de La Única Verdad, el valor de la verdad es relativo a la magnitud decisiva que requiera de su percepción, por esta razón la verdad no podría ser más el parámetro del pensamiento superior sino la perspectiva de los constituyentes circunstanciales.
Para formar parte de la siguiente era se requiere de un sistema que pueda interpretar la mayoría de los grupos culturales, que los introduzca a niveles graduales de complejidad, con el propósito de lograr una reconfiguración lo más sólida posible del género humano global. El Transhumanismo, otra de las propuestas contemporáneas, opta por una modificación fisiológica abrupta que interactúe con organismos e inteligencias artificiales, materiales sintéticos más eficientes, ciberconductas probablemente autónomas y un etcétera extenso que se vuelve cada vez más interesante; sin embargo es un clásico procedimiento de adaptación no recomendable si se busca estar a la altura de un desarrollo tecnológico en proceso de organizarse de manera distinta, condición que nos comprehende integralmente. Antes de hacer un recuento de nuestros rasgos humanos, introduciré el contexto para el planteamiento de otro principio con el que se sustenta la Reconfiguración Macroestructural.
La conceptualización del mundo que se mantiene vigente se refiere a la rapidez de la productividad como respuesta a las exigencias de un ritmo concentrado de desarrollo. Al hablar de una centralización de la actividad productiva en regiones específicas del planeta, se induce a pensar en términos de “ferocidad corporativa” o “diferencias abismales” en las economías internacionales, algo que hasta cierto punto es innegable puesto que los sistemas de la civilización están saturados, pero en parámetros que trascienden las restricciones que mantienen estancados los componentes más fundamentales del desarrollo, es decir, la naturaleza misma, el espacio, los recursos y su capacidad de autopreservación. La conceptualización de “Los tiempos rápidos” es incongruente y no debería ser temida por una especie humana que tiene un gran potencial aún reservado para los tiempos por venir. La exageración de ciertos argumentos que se vuelven colectivos es  conveniente para impedir que “las masas” (un concepto peyorativo para nombrar al conjunto de distintos grupos regionales en los que reside el ideal de “democracia”) logren una estabilidad que les permita regular su propia visión de mundo, civilización, desarrollo, derechos y cultura,  con lo que se contribuye a la concepción del tope político-económico-social que inhibe múltiples opciones para diluir literalmente las sustancias que componen dicho tope, es decir, la amalgama de contaminantes, materiales desperdiciados y la hiperproducción, aunadas a las erróneas estrategias políticas que simulan tener objetivos, pero que ignoran de su carencia.
No es muy complicado apreciar este panorama, el mundo acelerado en el que vivimos es una exacerbación de comportamientos innecesarios. Por ejemplo: En las empresas se exige que el personal cheque sus tiempos de entrada y salida, pero el rendimiento productivo no depende de este parámetro, pues aunque hay periodos del día en los que la actividad es muy intensa, hay otros en los que ésta es prácticamente nula, esto sin tomar en cuenta que hay oficios y profesiones en las que el tipo de trabajo permite una gran cantidad de tiempo libre. Las políticas de productividad exigen que determinado personal esté siempre ocupado, aunque lo que haga en periodos de baja intensidad no tenga ninguna relevancia. Este tipo de conducta origina basura y desperdicios, errores, patologías laborales y otras disfunciones operativas que se implementan con la intención de mantener activo a todo el personal de la empresa. Se podría pensar que hasta antes de la tecnología el disciplinar a los trabajadores de esta manera era un recurso incuestionable, y aunque no es así porque todo comportamiento coercitivo es un instrumento primitivista que deviene de acelerar los procesos y de ejercer un poder obtuso, los vicios de la tiranía laboral, familiar, educativa, etcétera, son factores que cada vez pierden vigencia por varias razones. Dos de estas razones son muy importantes por su evidente sentido común: la primera es que la tecnología ya está formando parte de los procesos sociales y productivos, donde genera un mayor dinamismo a un ritmo que estaba forzado –con pocos trabajadores haciendo labores arduas (a nivel obrero y administrativo), avenidas saturadas con conductores estresados y formados con prepotencia o estudiantes encerrados que aspiran a ser los mejores en ese sistema disfuncional−, la expectativa de la tecnología integrada a las funciones de la civilización nos da una perspectiva muy diferente de cómo podría proyectarse la humanidad en este nuevo mundo. La segunda razón, es que las personas están reconociendo con mayor apertura el hecho de que deben existir otros cánones de formación humana, en los que se valoren las capacidades de cada persona, por lo que el ritmo de proyección individual está a punto de experimentar una transformación gradual si se hace de la manera correcta. El problema es que persisten visiones corporativas que influyen a bajo y alto rango de desempeño con directrices obsoletas por el temor de que la gente se desacostumbre a trabajar bajo un forzado nivel de productividad; por esta razón parecen incapaces de hacer modificaciones fundamentales cuyo efecto de merma productiva residual es insignificante. A lo largo de este capítulo se propondrán distintos procedimientos que se pueden implementar para poner en práctica los estatutos de la Reconfiguración Macroestructural.
La pérdida del miedo como factor justificante para las condiciones “conservadoras” –en el sentido de ser intolerantes al cambio− de las actividades que estructuran el mundo y del odio como mecanismo perturbador, permite discernir la magnitud de cambio manifiesta entre dos órdenes distintos que van a coexistir y que deben prevalecer: el biológico y el robótico. La capacidad de reconocer los niveles en los que la tecnología se va a desempeñar –autómata, con uso de inteligencia, antropomorfizada, adaptable, integral o nanocelular, etcétera− incrementará las posibilidades de que la humanidad se trascienda a sí misma con el propósito de no “extinguirse” de manera abrupta, gracias a su miedo, ambición u obsesión por un futuro fantástico.
Antes de proponer una respuesta a la pregunta clave de este capítulo, quiero agregar que la confianza en la humanidad que podría requerirse para un proyecto como este debería ser muy –muy− alta, pues el tipo de modificaciones que se proponen aquí para muchos son inconcebibles, sobre todo para quienes no se han dado cuenta del desarrollo que la ciencia ha alcanzado, junto con el pensamiento y los métodos comerciales. No es sólo confianza; el avance no se detiene, posiblemente ni con un desastre que arrasara con la civilización. La mayoría de los comportamientos anómalos de grupos e individuos sociales, corporativos o criminales, se deben a la omisión que tácticamente aplican del progreso mismo para que ciertos mecanismos continúen funcionando de la misma manera, lo que no toman en cuenta es que si han identificado la gran utilidad de esos mecanismos, al cambiar la modalidad económica civilizada, los beneficios no sólo se incrementarían sino que las expectativas de confortabilidad reducirían los niveles de afecciones físicas y mentales, propiciando un incremento en la satisfacción del confort y la sustitución de valores antiguos por unos más consistentes y dinámicos cuyo surgimiento ya está ejerciendo influencia (¿qué valores, cómo funciona esto?). La evolución humana aún no termina y los logros de la ciencia y la tecnología son parte de este procedimiento, sólo que sus parámetros son paradigmáticos. Así como la consciencia humana fue una singularidad en la naturaleza, ahora la Inteligencia artificial, principalmente, es la nueva singularidad en el paradigma de la vida.
Y ahora sí:
¿Qué nos mantiene humanos?
Al comenzar a plantear mi aportación a esta pregunta, cobré consciencia de que se trata de una cuestión muy antigua, lo sabía, pero no lo había tomado en cuenta hasta este momento. Lo que puedo afirmar es que mi intención no es responder a lo que nos hace humanos sino  lo que nos mantiene humanos. ¿Será más difícil o más sencillo? Veremos.
El primer aspecto son rasgos biológicos (reino, especie, familia, orden, etapa, omnívoro) que compartimos con la mayoría de los primates y que son una versión más o menos refinada de las distintas cualidades de otras especies. Hace poco se propuso la teoría (citar) de que los mamíferos habían sobrevivido al meteorito que provocó la extinción de los dinosaurios gracias a un diminuto roedor que escondido entre las grietas de las rocas logró soportar las altas temperaturas de la superficie. Pero independientemente de la conclusión final que pueda llegar a tener el árbol evolutivo de los distintos órdenes de especies biológicas, el ser humano comparte un alto porcentaje de las características de los demás seres vivos, por lo que este sería sólo un acercamiento contextual a la respuesta. Las manos, el cerebro y la consciencia son aspectos más específicos de la condición humana, que proporcionan la oportunidad de valerse de ellos para emprender una civilización homologando a otros sistemas organizacionales como las colonias de hormigas o las emigraciones por aire, tierra y mar o las relaciones simbióticas con otras especies. La cacería, la agricultura, la ganadería y la recolección agrícola son sistemas fundadores de un procedimiento civilizatorio de los recursos; aquí es donde empiezan a surgir las cualidades que mantenemos hasta ahora.
Cuando el hombre pertenecía a la categorización de comportamiento animal, el instinto era su recurso de percepción del mundo, por lo que la manera en que se relacionaba con su propia especie no se juzga como buena o mala, no existían los parámetros racionales para hacer uso de juicio.
 La técnica es un factor que forma parte de la experiencia del hombre en este cuadro, pero no sólo del hombre; podría decirse que los reinos de la vida surgen a partir de esta cualidad inteligente de la naturaleza, mediante la cual las combinaciones multifactoriales producen mecanismos concretos resultantes de esta técnica que no es primitiva sino primigenia. (Cómo se define a la técnica desde este parámetro)
Las adaptaciones espaciales que originan el surgimiento de la percepción cultural en la consciencia es el escenario en el que se manifiesta la utilidad del comportamiento de manera más sistemática, en donde los líderes de los grupos trascienden la intuición instintiva y comienzan a surgir los distintos roles y las jerarquías que hacen que un grupo sea funcional. Ese mismo modelo permanece vigente desde hace aproximadamente un millón de años y el amalgamamiento de acontecimientos que se han adherido a nuestro genoma ha estructurado ciertos patrones que se han ido fijando en la inmediatez cultural. El poder como mecanismo organizacional engloba muchas funciones primitivas que gradualmente fueron desarrollando conceptos representacionales apreciados por la capacidad de transmitir acuerdos de comportamiento entre los grupos. Los valores son una circunstancia lingüística-emocional ambigua que condiciona la interpretación de los sentidos a categorizaciones generalizadas por un hecho para cuyo juicio se excluye la complejidad que lo conforma calificándolo finalmente de una manera o de otra −esto no implica que se les demerite o se aconseje su omisión, simplemente se describe una conceptualización para contextualizar los valores que más se apegan a la manifestación del poder. En ese estadio primitivo fueron destacando percepciones que en las eras humanas por llegar formarían parte de un cuadro reiterativo en quienes fueron consolidando este rasgo. La superioridad, el honor, el mérito, la lealtad de un grupo a un representante –la mayoría de las veces está constituido por un individuo y su grupo personal de colaboradores− del orden organizativo en vigencia; otros valores como la humildad, el sentido del deber, el sacrificio, el esfuerzo, la perseverancia y la fidelidad, son una especie de contraparte para quienes representan a los súbditos de ese orden. Otros valores que representan más a la razón y que se distancian de los propósitos de poder están más relacionados con la buena voluntad, pero no dejan de ser ambiguos; la bondad, la honestidad, la compasión, la sensatez,  etcétera, forman parte de este grupo. Un cuarto grupo está conformado por ideales universales como la verdad, la libertad, la concordia, el respeto, cuyas aspiraciones no pueden ser absolutistas y sin embargo se comprenden de esta manera.
Junto a la noción de valores, se encuentran otra clase de rasgos racionales que corresponden al carácter y la personalidad, a la psicología de los individuos que elige un grupo de valores u otro –o un uso determinado intergrupal−, lo que se comprende en este trabajo como sistema ético. La figura de poder utiliza por lo general una ética de control y dominio.
Hasta este punto el estado primitivo del comportamiento y la razón humanos no alcanza a definir cómo volver estas actitudes una herramienta de calibración entre la técnica y su desempeño como especie. Si hiciéramos un recorrido de los distintos periodos importantes de las culturas humanas y lo pusiéramos en una gráfica imaginaria, las crestas y valles irían en escala ascendente de distinta magnitud en el sentido de haber alcanzado un balance civilizado con una prominente caída en la edad media y una ascensión en los siglos posteriores, pero el pico más alto sería en la era industrial, en la que después de una década de movimientos sociopolíticos estructurales los descensos podrían representar la mayor parte de la trayectoria de la gráfica imaginaria. Sería muy irónico que, de ser acertada esta suposición –tendría que ser evaluada con mucha minuciosidad por un modelo que no he trabajado, posiblemente ya exista− los logros equiparables a saltos cuánticos  que han producido la ciencia y el pensamiento contemporáneos formaran parte de un panorama brutalmente inestable y profundamente inoculado en las nuevas estructuras cuyo pico más alto podría haber conservado una estabilidad de comportamiento adaptado a los drásticos cambios de la especie que marcó la primera singularidad de la naturaleza en el planeta Tierra, es decir: La Humanidad. ¿En el universo? Sería muy antropocéntrico afirmarlo categóricamente, pero es una posibilidad.
Esta gráfica imaginaria podría medirse como el monte Everest situado junto al monte Olimpo del planeta Marte (cuánto mide). El propósito de imaginar esta representación es que La Era Tecnológica precedente de una era planetaria ha provocado un gran descenso en tan sólo un siglo desde la era industrial, que sería la cúspide desde donde se habría logrado una gráfica más regular, pero en lugar de eso los conflictos y las maniobras humanos han producido ese gran declive, que con todo y la agresividad que hemos experimentado en ámbitos fundamentales de la civilización, al llevar tan sólo un siglo de haber alcanzado esa cúspide, junto a las posibilidades representadas por el monte Olimpo, dicho declive podría percibirse como insignificante –en términos puramente estadísticos−. Al mantenernos a la altura del desarrollo tecnológico estaríamos subsanando los distintos errores que integran la posible decadencia que nos mantiene humanos. Equipararnos a la tecnología implica más que comprenderla y valernos de ella, porque el lastre  mencionado anteriormente se relaciona directamente con nuestra propia especie, no es cuestión de la tecnología. Probablemente sea necesario un proceso caótico de alta magnitud para conseguir una estabilidad que no dependa del conflicto perceptivo de los individuos y los grupos, pero una variable más factible de este escenario es la autodestrucción como consecuencia del miedo persistente que suelen preservar las culturas primigenias y emergentes.
Como se puede identificar, algunos de los rasgos que nos mantienen humanos, aunque apenas nos vamos introduciendo, tienden a la contingencia. No se trata de evidenciar lo malo y a aspirar a algo bueno. Aspirar a algo mejor tampoco sería una definición acertada, porque eso implicaría que nuestro procedimiento continúa replicando inconsistencias estructurales cuya vigencia ya no debe permanecer si la intención es experimentar el escenario hipertecnológico que promete ser el nuevo paradigma en la naturaleza, modificando la configuración de la producción biológica mediante el control de la energía en magnitudes cada vez más precisas.
En la actualidad la humanidad está determinada a seguir funcionando con la instrumentación primitivista que ejecuta procedimientos desarticulandores. La sociedad, la economía, el progreso y la vida misma están amenazadas por este comportamiento que no tiene ninguna congruencia y con el que nos mantenemos a bordo en una entidad cosmológica, el planeta Tierra,  que en sí mismo es una singularidad al ser portador de vida y que a su vez forma parte de una fenomenología que supera todo intento de metasignificación de éste con respecto de la humanidad. Alguien mencionó (citar) que nuestro cerebro era más complejo que el universo, este tipo de pretensiones son las que provocan que la humanidad siga siendo lo que es: Errónea, insuficiente y vulnerable. En todo caso, nuestros cerebros son estructuras sistémicas, en proporción equiparables a la actividad cuántica cuya magnitud posiblemente aún no se vislumbra. El universo es una preestructura del cerebro y una magnitud superior en fuerza puede destruirlo. De nosotros dependería que la complejidad del cerebro creciera de manera congruente como para demostrar que es más complejo que el universo. El cerebro está en el universo y como humanos aún no podríamos afirmar que conocemos a fondo el funcionamiento complejo del cosmos.

La mejor manera de discernir lo que nos mantiene humanos es imaginando lo que debiéramos conservar para continuar siéndolo. Es comprensible que las personas piensen que ser más humano es lo correcto o que hay que ser mejores humanos, pero precisamente el punto es que la humanidad no puede ser mejor porque su proceso ha constituido lo que ahora es; de aquí el paradigma de ser más que humanos, pues la humanidad como entidad primigenia no puede mantener el paso de su propia magnificación, porque de nuestra especie se requiere la capacidad de aportar soluciones contundentes que devengan de un proceso congruente, más lento en ciertas circunstancias. Dicho proceso diseminaría una dinámica menos sofisticada, más consistente y con posible rigidez cultural con estructura de membrana, es decir que se implementarían sistematizaciones casi idénticas en todo el mundo. En un escenario hipotético, la humanidad menos sofisticada se interesaría en evolucionar su fisiología orgánica, refinando sus sentidos y estandarizando su tecnología global; prescindiría de comportamientos excéntricos previniendo que se generaran contingencias de una magnitud que excediera la capacidad de la civilización y los procedimientos serían consensos internacionales que desarrollaran sistemas complejos de una comunicación precisa que no accediera al uso de recursos lingüísticos o semiológicos para manipular o cifrar los mensajes en las negociaciones de un tópico. Este es un panorama hipotético, probable en el caso de que la humanidad pudiera superarse a sí misma, en sí misma y habiendo desarrollado mecanismos muy distintos que corresponderían a una magnitud de transformación gradual más lenta.
Si la humanidad continuara como la conocemos, este sería el modelo de respuesta: Estaría persiguiendo sus propias quimeras, completamente alienada por los modelos que ha forjado en su concepción de cómo debiera ser el mundo; se sumergiría en sus preconcepciones para dominar su mundo como si de un determinismo cosmo-antropocéntrico se tratara; cualquier impulso de prevención sería saboteado y su trayectoria se dirigiría voluntariamente a confrontar los escenarios más absurdos, elaborados con la materia intangible del poder recreada para justificar lo anómalo de su proceder.
Si continuáramos siendo humanos permitiríamos que una dinámica insulsa como la del dinero prolongara indefinidamente su control sobre el cerebro –podría especificar que en la mente, pero es el cerebro el que se ve directamente afectado−, pues todos los estímulos productivos o de otra índole, aparte de que dependen de su flujo neurológico, inciden en la fisiología cerebral, que a su vez regula todos los sistemas biológicos.  Lo más absurdo es que el dinero representa de manera tangible la influencia intangible del poder, es decir, el dinero no es nada en sí mismo, con su percepción conseguimos medir la magnitud de un fenómeno que manifiesta la mente humana, el de categorizar niveles adquisitivos como estructuras de superioridad. En este cuadro, el tope político-económico-social estaría completamente arraigado a esa percepción, sin la cual las estructuras culturales tendrían la capacidad de interactuar sin ningún tipo de alienación cifrada de por medio. Todos los conflictos interculturales serían producidos en un contexto de alienación en donde el dinero jugaría un papel muy complejo sin ser el origen de la percepción anómala. El anhelo por el dinero diseñaría la mentalidad de las sociedades y las orientaría torpemente a una confrontación sistemática que no cumpliría el propósito de sublimar la civilización.
La tecnología no es un reflejo de este procedimiento porque tiene su propio proceso evolutivo y el ejercicio del dinero no es una herramienta para producirla; el que la empresa humana recurra a esta modalidad económico-organizativa no quiere decir que ésta haya hecho crecer la civilización. Usando la configuración monetaria la humanidad se ha valido de la tecnología para exponenciar sus consecuencias; de hecho, el proceso evolutivo de este recurso ha generado un comportamiento de inconsistencias incapaz de  definir un rumbo futuro que no se apegue al de la tecnología; este es un punto importante, por eso la siguiente definición puede dar una idea de su insignificancia: La historia humana ha sido larga y muy trascendente; la historia del dinero es muy corta e insignificante –si no queremos tomar en cuenta lo catastrófico de su efecto alienante; no es por minimizar dicho efecto, opto por abrir la posibilidad a otra perspectiva−; la historia de la tecnología está por empezar –ya lleva un siglo, pero apenas comienza−, por esta razón: El dinero es el equivalente de una humanidad restringida.
Dejemos el ejercicio de la suposición para mencionar otro aspecto por el cuál el dinero no es el pilar de la civilización y forja la visión contemporánea del desarrollo: El poder es una fuerza siniestra. Esta pretensión es un rasgo de primitivismo que incluye toda una mística sobre un tipo de personaje de perfil maligno. Sea real o ficticia la naturaleza de este fenómeno colectivo, tal pareciera que su presencia fuera necesaria para justificar los males sociales. No se puede negar que la cultura del poder en sus estratos más altos está presente en el mundo, pero no sería recomendable concebirla como una estructura del mal, puesto que al contar con una ética de valores avanzados, el mal o el bien no formarían parte de una percepción rígida sino más consistente. Además, en la actualidad la mayoría de los grupos económicamente activos aspiran a formar parte de ese alto rango del sistema capitalista y sostener una preconcepción del poder-maldad continuaría desvirtuando la función macroreconfigurativa. Los representantes de esta fuerza de poder son los multimillonarios, quienes pueden manipular la percepción de las masas con el propósito insulso de conservar su riqueza.
Este estrato es el que domina los conceptos más influyentes para construir la realidad de los individuos y, sin embargo, están coordinados por contradicciones. Su postura más definida es la del individualismo –un principio neoliberal−, pero en este modelo un millonario es una corporación, es decir que introduce la noción de una mentalidad individualista que constituye una colectividad y por lo tanto su individualidad no se representa a sí misma; ni siquiera la persona que de manera honoraria está al mando de una corporación es individual. Aquella persona que se encuentra alienada en su riqueza, que suspende su interacción con el mundo, que le es indiferente la persistente incongruencia del tope humano, es un reflejo de la patología que generan las contradicciones que la conforman y puede ocurrir no sólo con un individuo sino con comunidades enteras. Esta mentalidad es otro rasgo primitivista de la civilización porque implica que el aislamiento, sea parcial o total es la disfunción más contundente del dinero, cuya naturaleza sólo representa la carencia mental de la especie.  Describir en estos términos a la dinámica “financiera” contemporánea puede dar una idea muy aproximada para la comprensión de lo innecesario del dinero, pues los beneficios de su símbolo pueden ser adquiridos sin su representación. La cultura del miedo-odio inoculada en el dinero –sus cualidades pragmáticas derivan en disfuncionales− es uno de esos recursos funestos que derivan en una contundencia  que impacta tangiblemente a la realidad; otorgarle trascendencia a los sucesos históricos y los procedimientos que elabora sería alimentar la expectativa sobre una conducta que experimenta una transición paradigmática en la que el pasado no puede ser más una premisa porque de hacerlo estaríamos reproduciendo conductas que han perdido vigencia. La historia es importante para preservar el conocimiento más no para otorgarle tradición a las conductas de conflicto.  Para lograr un avance en el pensamiento contemporáneo, la voluntad más que humana Orgint categorizaría al neoliberalismo como un comportamiento noetológico e implementaría condiciones de ascensión a nuestra especie con todo lo contenido en el planeta.
El individualismo, como preferencia cultural y filosófico-corporativa, también forma parte de la gama de disfunciones de la humanidad y, como especie, restringe nuestra capacidad. Es comprensible la consideración de que el logro individual se destaca en nuestras capacidades, pero es inválida pues el individuo se sirve de la labor de otros individuos o grupos y omite la complejidad que configura las condiciones. Por ejemplo: No hay una ley universal de equivalencia entre virtud y belleza, ni en riqueza y conocimiento o en fuerza y tamaño, la complejidad que se manifiesta al conjugar los factores no tiene siempre el mismo resultado. Si un individualista se encuentra en la posición ideal de mando en este panorama económico, usará estrategias que degradarán su supuesta autoridad. Un individualista, sea poderoso o no, disfraza de astucia al oportunismo y a la trampa, recurre al abuso con indiferencia, aparenta obrar con buena voluntad con el fin de sacar un provecho o una ventaja que ejercita en la menor circunstancia, además tiende a la corrupción y no considera la protección de ningún recurso que le haya sido útil. Ser individual es una actitud valiosa cuando se es consciente de los distintos atributos existentes en otros individuos y de la interacción satisfactoria que se logra al crear vínculos congruentes con las personas; cuando el provecho personal es el objetivo prioritario, lo individual se comprende como individualismo.
Una cualidad persistente de nuestra especie es la de magnificar problemas, en pulsos de bajo impacto –como cuando existe un malentendido entre personas− o en pulsos de impacto máximo –cuando sus consecuencias tienen un alcance financiero o en circunstancias de carácter internacional−. La magnificación de problemas es la tendencia de crear un conflicto sin comprender la naturaleza de los factores o, aun conociéndolos en detalle, pugnar por ejercer una autoridad regulatoria que responde a un criterio arbitrario. En una guerra −uno de los ejemplos decisivos de la voluntad humana que suele ocurrir hasta en el interior de una familia−, las motivaciones son un efecto de retroalimentación digresiva, en donde los argumentos no operan para resolver la circunstancia sino que se transportan a un procedimiento no sistemático que se enfoca en la  función cadena de sacar ventaja, derrotar al oponente y obtener un beneficio; además, intenta alinear un razonamiento determinista que deriva en irracional. En este contexto la figura de poder se vale de una actitud hipócrita que le permite recurrir a escenarios falsos con los que manipula a su interlocutor, cuando lo que se requiere es elaborar operaciones de negociación para solucionar contingencias. Implementar la reconfiguración macroestructural dinamizaría los aspectos que se encuentran estancados; proveería de escenarios reales que requerirían de un uso práctico de la inteligencia; también incidiría en la interacción humana logrando que las aplicaciones de los sistemas vertieran avances efectivos que no estarían afectados por la regulación de la mercadotecnia sirviente del capitalismo.
Hay otros rasgos muy importantes que nos mantienen humanos y derivan de las convenciones económicas, pero pueden y se deben percibir de manera independiente a la economía. Los sistemas legales y las constituciones de Estado son aspectos muy importantes para obtener una conceptualización precisa (mediante el Principio de Imprecisión) de los estatutos que fundamentarían la transformación del nuevo carácter humano. Las leyes son trascendentes principalmente para identificar la significación irreductible del comportamiento como un fenómeno psicosocial que no opera de manera lineal, pero los sistemas legales actuales constriñen este factor deliberadamente a un molde cuyos efectos sustentan anomalías funcionales que son rígidas y corruptibles según sea la conveniencia en ciertos casos. En la actualidad es permisible adaptar la función legal a condiciones políticas, negociaciones de intereses o proteccionismo, por lo que no sería congruente omitir que éstas son circunstancias reales que de igual manera deben de ser percibidas como comportamiento no lineal. Al proceder con la reconfiguración de estos sistemas jurídicos las distintas modalidades de malversación legal reducirían las probabilidades de reincidencia, por lo que la corrupción no reflejaría las cifras masivas actuales, pero quedaría contemplado que un rango mínimo podría formar parte de una clase circunstancial de recurrencia que poco a poco se verían reducidos en las revisiones periódicas; con un método más dinámico de percepción legal que actuara en un contexto de congruencias sociales, políticas y económicas, la tendencia a la corrupción disminuiría gradualmente hasta desaparecer como una herramienta despótica que simula corresponder a un compromiso moral.
El enunciado Errar es Humano debe conformar la transición hacia un estado en el que el error y la duda humanos sean condiciones de ascensión que configuren de manera gradual las posibilidades contingentes como causa del procedimiento, dicho estado trasladaría el término ideal de perfección a un estado de actualización permanente en el que los órdenes de configuración neurolingüística y bioártmica respondieran a la interacción consensuada entre el Ser Humano y la Tecnología, esta modalidad operaría para definir a la categoría Orgint, que describe al Organismo Integral Más que Humano como un paso más hacia un rango de ascensión-adaptación-autocalibrada del Ser en el mundo, en la cosmología.
La cosmología humana y de toda la vida terrestre es comprendida en este trabajo como el conjunto de procesos de transformación ocurridos en el planeta que habitamos; está principalmente ligada a nuestra especie porque es la que influye en la transformación de los sistemas naturales, pero no implica que nosotros o nuestros dioses seamos la cosmología –por lo menos no toavía−. No se sabe con certeza si el cambio climático es consecuencia de las acciones humanas, por ejemplo, pero a nuestra cosmología la conforman estos fenómenos sin que nuestra responsabilidad tenga implicaciones decisivas; en el caso de que las tenga –a causa de la geoingeniería o de la degradación atmosférica−, al ser nosotros parte de la cosmología del planeta Tierra, somos un factor de modificación pero nuestras afecciones morales sólo repercuten en un orden secuencial. La Tierra tiene su propio proceso cosmológico y si la humanidad es buena o mala, en esa dimensión de factores, es completamente intrascendente a los cambios que experimenta. Finalmente, si la Humanidad alcanza el paradigma Orgint, la mejoría de su adaptación corresponde a la calidad del conocimiento implementado para su propia subsistencia, más no para afectar ontológicamente a la cosmología universal.
Ser más que humanos implica trascender la condición humana primigenia que conserva la instrumentación primitivista y fundamenta el tope político-económico-social cosmogónico, que deriva en magnitudes de subdesarrollo cosmológico; ascender al nivel Orgint implica tener la capacidad de mantenerse al frente de la evolución tecnológica, de conservar las condiciones biológicas propias y de la naturaleza y prepara la implementación de un proceso consistente para sustentar el albor de la era planetaria en condiciones de adaptabilidad avanzada. En esta era representativa de la historia tecnológica, haber sistematizado la prevención habría llevado a la civilización a un avance congruente –no necesariamente más lento− y evitado que los problemas se convirtieran en los grandes conflictos que ahora padecemos –inconsistencia sistemática, incongruencia tecnológica, discordancia mental y vulnerabilidad fisiológica−, para evitar, como se mencionó antes, que se generaran contingencias de una magnitud que excediera la capacidad de la civilización.  La actitud humana ante la contingencia se apega a la metáfora del precipicio en la que los pasos no reconocen que deben corregir su ruta sino hasta que han llegado al borde e ir hacia atrás devela la paradoja: Retroceder es un procedimiento que ha sido imposibilitado.
En una novela corta que escribí con la intención de elaborar un escenario de mejoramiento desde la humanidad, el personaje llega a la conclusión de que ésta no cambiará y decide asumir su congruencia personal hasta convertirse en algo que nunca pensó, pero que después de experimentar su propia metafísica, lo lleva a comprender el alcance de su condición cosmológica y entonces readapta su cosmogonía personal. A partir de este ejercicio literario, yo mismo modifiqué mi intención de cambiar a la humanidad y también comprendí que los niveles evolutivos en el universo conformaban singularidades que marcaban el paradigma de la frontera entre una configuración lineal, su límite y el horizonte de su transformación con un efecto de hoyo negro revertido, de manera que se sublima el proceso y ocurre una producción masiva de sucesos. En este sentido, el pasado es un fenómeno que puede asimilarse como una impresión imperturbable, de la cual sólo permanece el almacenamiento residual que se adapta a formatos futuros; pero la humanidad lo retoma como un apéndice emocional que la arraiga a conductas que carecen de procesos integrales y las convierten en disfuncionales; paradójicamente, la percepción humana del pasado obstaculiza su desarrollo. Pero de manera particular,  esta paradoja puede ser resuelta si la cosmogonía cultural no se interpone con la cosmología del proceso de desarrollo. Los dogmas mentales, de igual manera, en un contexto de congruencias sociales, económicas y políticas, no son un obstáculo en sí mismos, sólo hasta que comienzan a interponerse a la evidente transformación cosmológica es cuando se vuelven nocivos. Estos dogmas representan a creencias religiosas, valores de servicio, tradiciones culturales, nociones psico-sociales y procedimientos de poder porque arraigan la cosmología de un proceso independiente a su sistema cosmogónico particular, de manera que anteponen su concepción del mundo al cambio que está ocurriendo en tiempo real (especificar). Podría parecer obvio que el mundo permanezca afín a la visión cultural de un grupo dado, pero deja de serlo cuando existen muchas visiones vigentes y todas están involucradas en el proceso cosmológico de la transformación.
Un acercamiento posible para resolver esta circunstancia sería sistematizar los puntos en común que las distintas visiones comparten, principalmente entre religiones y etnias primigenias, para que sus representantes comunicaran el entendimiento correspondiente que existe entre las culturas. La importancia de este acuerdo radica en que los practicantes de las religiones y tradiciones ancestrales comprendieran que todas las culturas tienen un sistema de creencias para estructurar el mundo y que el respeto no tiene una finalidad moral sino de desarrollo conjunto. El sincretismo cultural sistematizado permitiría el desarrollo con una tendencia decreciente por la supremacía de una forma de pensamiento sobre otra, además de que conduciría a una trascendencia tangible de su conocimiento sin la necesidad de sostener un sometimiento intercultural.  
Poco a poco me voy acercando al capítulo en el que la propuesta del Cero Filosófico se expone como una estrategia para ser el  punto de partida en la Reconfiguración Macroestructural, pero antes de llegar a ese punto, aún hay algunos aspectos que deber revisarse.
Para todas las culturas, pero sobre todo las que padecen los alcances de un desarrollo que pareciera no tocarlas, es recomendable que adapten su cosmogonía al curso de la cosmología que está transformando el mundo y no propiciar un padecimiento al intentarse desprender por su límite convencional; el problema de todos los estratos culturales, sean tradicionales, corporativos, científicos o políticos, etcétera, es que luchan por defender lo que les es sagrado, pero esa actitud muchas veces les impide equipararse a la magnitud de transformación que las comprehende. El dinero es uno de los factores comunes en los distintos rubros culturales, pero también lo es la posesión de la verdad, así como otros conceptos que mantienen rígidas las estructuras de los grupos influyentes en el mundo. No es sencillo visualizar un cambio de mentalidad tomando en cuenta las dimensiones corporativas o religiosas que moldean la civilización, pero es viable introducir una adaptación gradual por medio de iniciativas que los propios grupos perciban como un avance fundamental, sobre todo si se comprende que la adaptación impulsa distintos factores mediante un modelo integral. Hay varias formas de visualizar este aspecto, la económica es la más apremiante, pero se trata de un proceso que requiere del apoyo conjunto de las estructuras más rezagadas. Un ejemplo es la iniciativa (citar: http://www.wired.co.uk/news/archive/2014-04/10/creationists-vs-robots) de un sacerdote que invirtió en un robot para comenzar a interactuar con la inteligencia artificial en términos religiosos. En el ámbito del arte, el grupo de synth pop Depeche Mode es un ejemplo de cómo se logra asimilar un dogma que estructura una cosmogonía e integrándolo a la cosmología de la que forma parte. Su música trabaja de manera consistente, elaborando una sofisticación muy avanzada que alcanza niveles estéticos de gran complejidad; en sus letras el dogma persiste, pero al mismo tiempo es cuestionado, sometido a prueba, intervenido y consolidado. La práctica religiosa es una manifestación que Depeche Mode elige como una extensión filosófica-estetica-comercial de una solidez que conjunta  cualidades muy profundas con un tipo de música que es reconocida en todo el mundo. Por supuesto que este proceso requiere de un elevado nivel sensible, pero lo que implica un tipo específico de conocimiento, de sistematización o de negociabilidad es susceptible de acceder a elevados rangos de concatenación interfactorial que, además de la sensibilidad, incrementaría las cualidades de los individuos, posibilitando un nivel de experiencia fructífero, pleno y liberado del estrés sustentado psico-genéticamente a través de la historia.
La conducta infantil de la humanidad genera un lastre innecesario y sólo es cuestión de reconfigurarlos macroestructuralmente para destrabar los mecanismos inutilizados por el tope político-económico-social –cosmogonía humana−. Es absurdo que en un contexto tan restringido haya científicos con la mentalidad infantil de reanimar a los dinosaurios o filósofos que sigan poniendo en duda a la realidad, aduciendo que es una ilusión; también es absurdo que los motivos de la guerra tengan como finalidad el bienestar de unos sobre el sufrimiento de otros, así como el desecho masivo e indiferente de todos los recursos a nuestra disposición.
Necesitamos renovar los mecanismos de tracción evolutiva porque este ya no es un factor exclusivo de la naturaleza; hemos llegado a un punto en el que comenzamos a manipular el surgimiento de una especie artificial que tiene un proceso retroactivo: parte de un periodo puramente mecánico que fue sintetizándose hasta imitar una morfología antropoide, la réplica de su sistema fisiológico en plataformas artificiales, la generación de un equivalente celular, la posibilidad de estructurar la mecánica de las partículas con el propósito de acceder intrínsecamente en la energía y exponenciando la inteligencia que marcará otra singularidad en el futuro. El problema es que nuestra especie no ha logrado dinamizar sus procedimientos, a pesar de que el potencial de su inteligencia es lo que ha generado que dicho proceso se manifestara, su raciocinio aún no percibe las implicaciones de la cosmología en la que se encuentra, sólo está enfocada en el dominio, el control, el juicio de la conducta mediante preceptos flotantes, la problematización de circunstancias minúsculas y un largo etcétera que integra una cosmogonía restringida. (Es absurdo.)
En este trabajo hay varias propuestas que requieren de una implementación interfactorial, es decir, que produzca una consistencia integral entre aspectos semánticamente afines en la cosmología (ver apartado sobre La Semántica Cosmológica), en cuyo proceso los dos principales son el paradigma de la vida natural consciente y el  nuevo paradigma de las especies artificiales, pero con el reconocimiento de que cualquier aspecto se relaciona en algún modo con el todo. Para lograr este nivel de reconocimiento se debe desarrollar un pensamiento no restrictivo que disminuya la tendencia a acudir a la indignación como un móvil social o recurrir a la historia para revitalizar las conductas disfuncionales, así como frenar el miedo inoculado a las instituciones para ser ejercido por parámetros que no reflejan un entendimiento proporcional de la magnitud cosmológica y que en caso de alcanzar esa proporción parece ser muy mínima, pues fomentar el miedo, aunque sea instrumentado por un propósito, resulta ser una estrategia nulificante que restringe el desarrollo de la civilización. Además, el énfasis beligerante internacional que junto con el miedo, utiliza la emoción del odio en una amplia gama de intensidades que tienen un efecto que deteriora las relaciones humanas profundamente.